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 Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño

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Ramse

2ª


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Fecha de inscripción : 06/12/2012

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MensajeTema: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeDom 02 Sep 2018, 14:29

Primera parte.

Siempre es un auténtico placer ofrecer a nuestros lectores los sabios consejos que se desprenden de las aventuras cinegéticas del maestro de maestros, nuestro querido Tony, al que desde aquí agradecemos su cariño hacia nuestra publicación. En esta ocasión el agradecimiento se multiplica por hacernos partícipes de la historia, viva aún, de la caza, con un gran relato, exclusivo y único, para nuestros lectores, que publicaremos en varias entregas. ¡Gracias, querido maestro!

Mirando el glorioso ayer y el triste presente, creo que será interesante para las nuevas generaciones de cazadores africanos, deportivos y profesionales, el conocer una parte muy importante de la historia de la cinegética en el continente negro, centrada en aquellos profesionales que a lo largo de sus experiencias cobraron un mínimo de mil elefantes, lo que no fue, precisamente, un lecho de rosas, más bien todo lo contrario, teniendo que afrontar toda clase de factores negativos, a base de constancia, esfuerzos sin nombre, soledad absoluta en medio de la nada, mal comidos y peor dormidos, riesgos continuos en esa particular actividad, sin olvidar la siempre presente malaria, y un largo etcétera positivo y negativo… pero, por encima de todo, una vida fascinante que muy pocos tuvieron el privilegio de disfrutar.

Los trece magníficos

A lo largo de la historia de la caza africana fueron muchos los cazadores que cobraron entre 100 y 600 elefantes, pero sólo trece de ellos alcanzaron la mítica barrera de los mil ejemplares aunando todos los cobrados por el marfil, en operaciones de control y los que tuvieron que doblar en safaris deportivos, animales heridos y huyendo mal impactados por disparos deficientes del cliente, los cuales, si no hubiera sido por ellos, se habrían perdido, sin lugar a dudas.
Nombramiento de Tony Sánchez Ariño como socio de honor de la Asociación Oficial de Caza de la Guinea Continental Española.

Las nacionalidades de los trece cazadores de ‘los mil elefantes’ fueron las siguientes: siete británicos, uno de Nueva Zelanda, uno de Sudáfrica, uno de Irlanda, uno de Francia, uno de España (siendo mío el honor de ser ‘ese uno’, como único representante de nuestra patria), y uno de Australia.

Con estas notas sólo pretendo hacer una relación para dar a conocer al lector quienes fueron los del ‘mil elefantes’, pues, como es lógico, en un artículo –aunque este sea bastante extenso y dé para varios capítulos– es imposible entrar con demasiados detalles sobre cada uno de ellos.

Si el lector estuviera interesado en ampliar sus conocimientos sobre los cazadores que no llegaron a mil, pero que también fueron grandes profesionales en ‘la senda del marfil’, les recomiendo mi libro titulado Cazadores de Elefantes, Hombres de Leyenda (Editorial Solitario, Madrid), en el que mencioné a todos, los de más de mil y los de menos de mil, pero todos ellos grandes maestros en esta actividad tan particular.

Hoy día, la profesión de cazador de elefantes es un muy lejano recuerdo que está amarilleando como las antiguas fotografías, algo que pasó a la historia de la forma más absoluta, pues sus miembros son ya una raza extinguida para toda la eternidad… ¡sin recuperación posible!

Mucho me temo que de aquellos trece cazadores de ‘la cofradía de los mil’, yo soy el único que queda con vida –gracias a Dios, dicho sea de paso–, habiendo tenido la gran satisfacción y el honor de haber conocido a varios de ellos que me honraron con su amistad y consejos cuando yo aún estaba ‘un poco verde’ en esta actividad en la senda del marfil, como fueron John A. Hunter, Geroge Rushby, Barri Manners, Bill Priedham y Eric Rundgren, con varios de los cuales compartí inolvidables horas bajo el sol africano, codo con codo, tras los elefantes, y cuyo recuerdo es para mí el más querido tesoro y el gran orgullo de haber sido el único español miembro de ese reducido grupo.

Ahora, en el atardecer de mi vida, pues ya voy camino de los 87 años de edad, dedico, lo que fue mi vida ‘en la maleza africana’, a mi querida patria, España, junto con los triunfos y sinsabores, alegrías y penas, pues de todo hubo, pero siempre mirando hacia delante con la ayuda de Dios y confianza en uno mismo, procurando llevar la Marca España lo más alta posible, cosa que conseguí contra viento y marea, bajo unas condiciones muy difíciles a las que pude doblegar… teniendo siempre presente una frase con la que he marcado el rumbo de mi vida: «Si luchas puedes perder, pero si no luchas… ¡estás perdido!».

Las nuevas generaciones nunca podrán hacerse ni idea de lo que fue la actividad de cazador de elefantes, en aquellos tiempos en que estos animales abundaban como los tallos de la hierba y eran una maldición para la vida y haciendas de los nativos que tenían que convivir con ellos 365 días al año, aguantando lo que fuera y sin poder encontrar la solución por ellos mismos, teniendo que depender de los cazadores blancos como tabla de salvación, pues los elefantes, además del riesgo físico que representaban para los humanos, eran altamente destructivos en su alimentación, ya que por cada kilo de maíz que podían comer, destrozaban una media de diez kilos al moverse dentro de las plantaciones con sus corpachones y enormes patas.

El oro blanco
Colección de colmillos lograda por James Sutherland. Este cazador cobró entre 1.300y 1.500 elefantes, mayoritariamente grandes o muy grandes ejemplares, siendo su mejor trofeo un macho cazado en el África Oriental Alemana con 140 y 145 libras (63 y 65 kilos).

El marfil fue siempre una materia codiciada por el hombre desde el comienzo de las distintas civilizaciones, continuando hasta el momento presente, para desgracia de los pobres elefantes, que están siendo, actualmente, arrasados por los furtivos negros, en el sentido más exacto de la palabra, en combinación con numerosas mafias que llevan el marfil ilegalmente a los mercados de China, Tailandia y Vietnam, principalmente, donde alcanza altos precios –2.100 dólares el kilo en este año 2016– y superando siempre la oferta a la demanda…

El oro blanco acarreado por los elefantes tuvo una gran demanda para el hombre ya desde tiempos inmemoriales, como es el ejemplo del rey Salomón, que se hizo construir un trono hecho con marfil. Muchos siglos antes de la era cristiana, el marfil se utilizaba para tallar figuras religiosas, así como toda clase de objetos valiosos, placas para pintar sobre ellas, mangos para dagas, etcétera… Al citar las ‘placas’, me ha venido a la memoria una cosa que, aunque no tiene nada que ver con los cazadores de elefantes, es algo que creo poco conocido en general, y que tiene su ‘lectura’. Se trata de los siguientes comentarios: «Los hijos ya no hacen caso a sus padres, los políticos sólo piensan en enriquecerse, esta sociedad de hoy ya no tiene moral». ¿Le parece al lector que todo esto está de plena actualidad en el año 2016? Pues se equivocan, estos comentarios aparecieron grabados en una placa de marfil en Asiria ¡dos mil años antes de Jesucristo!

Cuando Roma dominaba el mundo, una de las cosas más valiosas era el marfil, del que trajeron cantidades incalculables de sus conquistas africanas, hasta el punto de que hacia principios de la era cristiana ya habían exterminado todos los elefantes en el norte de África.

La edad de la pólvora negra

Repitiendo lo antes dicho, la caza de elefantes, y el comercio del marfil, comenzó hace ya unos milenios, pero con estas notas nos centraremos sólo en aquellos cazadores ‘de los mil elefantes’. Todos ellos comenzaron sus actividades dentro de la época de la pólvora sin humo, exactamente en 1898, cuando el armero John Rigby, en Londres, introdujo el primer rifle express en el calibre .450 Nitro, que barrió de golpe las anteriores armas que utilizaban la vieja pólvora negra.

Por más que investigué en los tiempos de la referida pólvora negra, no pude encontrar ni tener constancia de ningún cazador que cobrara ‘los mil’, siendo el más destacado Petrus Jacobs, un boer, en África del Sur, que entre 1820 y 1873 cazó entre 400 y 500 elefantes, lo que representa una cantidad enorme si tenemos en consideración las armas que utilizó, de avancarga con pólvora negra y proyectiles de plomo de forma redonda, endurecido en antimonio.
James Sutherland con un elefante abatido por él.

Con el debido respeto, que lo merecieron y muchísimo más, dejaremos a un lado a los superveteranos de los tiempos más que lejanos de la pólvora negra, centrándonos en el motivo de este artículo, o sea los cazadores profesionales ‘de los mil elefantes’, todos ellos dentro de la época de la pólvora sin humo de gran potencia, la denominada normalmente nitro, y que tradicionalmente quedó con ese nombre hasta nuestros días, a pesar de que ya no se utiliza al haber sido más que superada por numerosas, nuevas y magníficas pólvoras en todos los sentidos.

James Sutherland

Al que se le podía designar como el decano de los cazadores de elefantes, con más de mil a su crédito, es a James Sutherland, que comenzó esta actividad en 1899 en Mozambique, continuando hasta su muerte, sin parar, el 26 de junio 1932, en Yubo, Sudán, después de haber seguido la senda del marfil incansablemente por la antigua África Oriental Alemana, actual Tanzania, el Congo Belga y, principalmente, en la zona del Alto Mbomú, en la parte este del Ubangui-Chari, presente República Centroafricana.

Nació en Escocia en 1872, falleciendo a los sesenta años –como resultado de un envenenamiento– en el hospital de Yubo, donde fue llevado por otro cazador profesional cuando lo encontró en su campamento casi agonizando, cruzando rápidamente del Ubangui-Chari al Sudán, donde se encontraba el hospital en Yubo cerca de la frontera, y donde el médico militar Dr. Warburton ya no pudo hacer nada por él, falleciendo a los pocos días y siendo enterrado en un lugar boscoso alejado de la ciudad.

Más tarde, con la ayuda de su gran amigo Andy Anderson y el editor de la publicación East Africa and Rhodesia, junto con las aportaciones de otros cazadores, se hizo una placa de bronce que se colocó sobre la tumba de Sutherland, con la siguiente inscripción: «A la memoria de aquel gran cazador de elefantes, Jim Sutherland, que falleció en Yubo el 26 de junio de 1932 a la edad de 60 años. Erigida por unos pocos de sus amigos y compañeros cazadores».
Tony Sánchez Ariño en la tumba de James Sutherland, considerado el decano de los cazadores de elefantes.

Más tarde, con el paso del tiempo y el cambio de personas, se perdió la idea sobre la exacta localización de la tumba hasta que, por fin, después de una larga e infructuosa búsqueda, tuve la suerte de poder localizarla nuevamente. Naturalmente, después de tantos años expuesta, la tumba y placa a las inclemencias del tiempo, aquello estaba hecho una lástima, sucia y llena de vegetación creciendo por todas partes. Lo primero que hice con mi equipo de nativos fue limpiarlo todo muy bien, dejándolo lo más adecentado posible. A la placa de bronce le di con el zumo de unos limones, consiguiendo que recuperara el color, pues estaba casi negra.  Después de esto, todos los años, antes de comenzar la temporada de safaris en el Sudán, lo primero que hacía era ir a ver la tumba de Sutherland, para mantenerla en orden, situada a unos 800 kilómetros de Juba, la capital del Sudán Meridional. Lamentablemente estalló una guerra civil entre el norte del Sudán, musulmán, y el sur, cristiano, lo que me impidió poder volver a visitar la tumba de Sutherland, que ya consideraba como algo mío, sin decirle a nadie su localización. Por fin, en 1971, se firmó la paz y pude marchar nuevamente hacia Yubo y a la tumba, lo que fue un verdadero milagro, pues al llegar me encontré con unos nativos que la estaban arrancando a fuerza de golpes porque, según contestaron a mis muy airadas preguntas, pensaban fundirla para hacer boquillas para pipas, con  lo que casi me dio un infarto. Les pregunté cuánto pensaban ganar con aquello, contestando que unas veinte libras sudanesas, o sea, una miseria. Como lamentablemente el dinero todo lo puede, les ofrecí cuarenta libras que aceptaron con grandes sonrisas, entregándome la placa, y allí mismo pude medio enderezar lo que habían doblado con un mazo de madera. El salvar la placa fue una de las mayores satisfacciones de mi vida, teniéndola, ahora, a medio metro de mí mientras escribo estas notas…

James Sutherland cobró entre 1.300 y 1.500 elefantes, mayoritariamente grandes o muy grandes ejemplares, siendo su mejor trofeo un macho cazado en el África Oriental Alemana con 140 y 145 libras (63 y 65 kilos). Al principio de sus actividades utilizó un rifle militar del calibre .303, seguidos por los express .450 Nitro y .500 Nitro, hasta que la famosa firma Westley Richards le fabricó especialmente un express del .577 Nitro con un solo disparador y expulsores automáticos, juntos con un .318 en sistema Mauser, el cual empleaba en los lugares despejados con buena visibilidad, reservando el .577 Nitro para los terrenos muy espesos donde, más que verse, se adivinaba el elefante… Una vez comenzó a utilizar estos rifles nunca sintió la necesidad o curiosidad de experimentar otros calibres, centrándose en estos dos hasta su muerte. Como gran admirador de James Sutherland quisiera hacer bien patente la gran emoción que sentí aquel lejano día del mes de marzo de 1961 cuando, entre la maleza, vislumbré su solitaria tumba, un recuerdo que será imborrable mientras viva…

Mickey Norton

El verdadero nombre de Mickey Norton, era Maurice John. Después de una ajetreada vida por Irlanda, Estados Unidos, África del Sur y la entones Compañía Británica de África del Sur –que en 1909 se rebautizó con el nombre de Rhodesia, en honor de John Cecil Rhodes, su fundador–, llegó a Mozambique donde, después de varios trabajos, le ofrecieron un contrato para suministrar carne de caza para alimentar a los nativos que trabajaban en la
construcción del ferrocarril, que partiendo del puerto de Beira, en la costa del Índico, tenía que llegar al entonces remoto interior bajo tutela británica, denominado África Central Británica, redenominado en el año 1908, y actualmente Malawi, desde 1964.
El cazador Mickey Norton, quien calculaba que había cobrado unos 2.000 elefantes.

Norton, que no tenía la menor experiencia en la caza se convirtió, de la noche a la mañana, en cazador profesional de carne a la vista de las buenas condiciones económicas ofrecidas, utilizando un rifle militar Mauser del calibre 7×57. Cuanto más experiencia adquiría en esta nueva actividad, más se fue apasionando por la caza, convirtiéndose en un gran tirador, cobrando gran cantidad de antílopes, bastantes búfalos y algunos elefantes. Una vez  llegado el tendido del ferrocarril a Umtali, en la frontera británica, rescindió su contrato, decidiendo establecerse por su cuenta como cazador profesional, quedándose en la población de Blantyre, en la citada África Central Británica.

Desde el principio Norton se dio cuenta de que la caza más rentable era la del elefante, que se encontraban por todas partes, y en 1898, a la edad de 25 años, comenzó su carrera como cazador de marfil, utilizando el 7×57 que se trajo de Mozambique y un .303 British que adquirió localmente, dos calibres inadecuados para esta actividad tan particular, con los que tuvo serios problemas que casi le costaron la vida y más pérdida de bastantes elefantes que se escaparon heridos sin solución. Más tarde se pasó a calibres más potentes, centrándose, finalmente, en el .577 Nitro, al que más tarde añadió un .404 Jeffery sistema Mauser, los que utilizó hasta el final de sus días.

Buscando nuevos cazaderos estuvo en el Valle del Luangwa, en la antigua Rhodesia y actual Zambia, donde no se preocupó de obtener los correspondientes permisos, furtiveando de la forma más activa, hasta que las autoridades tomaron cartas en el asunto. Al enterarse Norton de que le buscaban, se marchó a la zona del lago Bangweulu, entonces poco menos que tierra de nadie, con una enorme densidad de elefantes que nunca habían sido cazados, cerca del límite del entonces Estado Independiente del Congo, propiedad particular del rey Leopoldo II de Bélgica. Naturalmente, como de costumbre, siguió furtiveando en el Congo, y cuando las autoridades estuvieron a punto de capturarlo consiguió escapar, regresando a Mozambique en 1900, cuando contaba 27 años de edad. Aprovechando que había una gran isla en el río Ruvuma, que hacía de frontera entre el África Oriental Alemana y Mozambique, se estableció allí cazando elefantes furtivamente en ambos países, aprovechando que ninguno de los dos la había reclamado como perteneciente a uno u otro. El marfil lo vendía a los traficantes árabes que lo visitaban  periódicamente con este  fin, ya que la referida isla estaba cerca del estuario del río Ruvuma, llevándose los colmillos en sus barcos hasta Zamzibar. De esta forma continuó por bastante tiempo, hasta que un día decidió irse al África Oriental Británica, redenominada Kenya en 1920, cazando allí, y en Uganda, para pasar luego al Enclave de Lado, en el Congo, donde estuvo varios meses entre finales de 1903 y parte de 1904, regresando luego a sus viejos cazaderos en el África Oriental Alemana y Mozambique, con algunas incursiones ilegales en territorio británico en el noreste de Rhodesia y Nyasaland.

Al tiempo que cazaba elefantes también comerciaba con marfil, habiendo pasado muchísimas toneladas de este producto por sus manos.

Con el fin de la Guerra Europea, en 1918, y los nuevos medios que de ella derivaron, se terminó la caza furtiva e incontrolada de los elefantes y con ello las famosas andanzas ilegales de Mickey Norton, quien continuó comerciando con el marfil y cazando lo que podía legalmente, por primera vez en su vida, principalmente en el Territorio de Tanganyka, que es como se denominó desde 1922 a la antigua África Oriental Alemana, además  de realizar otras diversas actividades, como fue buscar oro por la zona del río Lupa y trabajar para el departamento de caza realizando operaciones de control contra los elefantes, retirándose a los 67 años de edad, con una pequeña pensión que escasamente le permitía vivir.

Mickey Norton hizo y deshizo varias  fortunas a lo largo de su vida, terminando arruinado y con la salud minada por culpa del alcohol, pues tenía la lamentable  reputación de poder ‘liquidar’ una botella de whisky en menos tiempo que nadie. Fue un verdadero carácter, pero, por lo visto, un irresponsable consigo mismo. En una situación económica muy precaria falleció en el Hospital de Mwanza, a orilla del lago Victoria, en el norte de Tanganyika. Personalmente estuve dos veces en el cementerio de Mwanza intentando localizar la tumba de Norton, pero sin ningún éxito, lamentablemente no hubo forma de descubrir ni el menor rastro.

En algunos relatos mal informados se decía que Norton había cazado unos 4.000 elefantes, pero no es cierto. Según sus propias palabras y comentarios hechos a mi viejo amigo Coley Coles, para quien trabajó en el Departamento de Caza en Tanganyika, él mismo calculaba haber cobrado unos 2.000, más o menos, lo que es una cantidad impresionante y quizás la mayor conseguida por un buscador de marfil. Lamentablemente, Mickey Norton, que fue un solterón empedernido, nunca se preocupó de tomar notas, escribir un libro o artículos, nada de nada, lo que fue una gran pérdida de información que habría podido aportar sobre sus actividades en aquellos años dorados de la caza de los elefantes entre 1898, cuando comenzó su carrera de cazador, y el inicio de la Gran Guerra en 1914.
Tony Sánchez Ariño con Bill Priedham.

Como antes se citó, Norton utilizó hasta el final de sus días de cazador profesional de elefantes un pesado express del calibre .577 Nitro y un .404 Jeffery de repetición con acción Mauser, o sea, un equipo perfecto para esta actividad.

Bill Priedham

Tuve la suerte y el honor de conocer a Bill Priedham en Fort Portal, Uganda, en las faldas del impresionante macizo montañoso del Ruwenzori en 1962, donde él tenía unas plantaciones de té cerca de esa población, aparte de estar encargado del departamento de caza local, que tenía bajo su control una enorme extensión.

Cuando le conocí él tenía unos 55 años de edad y yo 32, pero a pesar de la diferencia de edad rápidamente hicimos amistad, realizando diversas incursiones de caza juntos, especialmente para reducir el número de búfalos en determinados puntos, sobre todo por el valle del río Semliki, donde abundaban de forma asombrosa en aquellos lejanos tiempos. Durante muchos años, Bill Priedham cazó elefantes en plan de control, sobre la base de que el 50 % del marfil era para el gobierno y el otro 50 % para él, cosa que le produjo muy buenos resultados económicos. El total de su vida fueron unos 2.000 elefantes a su crédito.

Bill nunca fue un cazador profesional de  marfil en el sentido exacto de la palabra, pues nunca cazó fuera de Uganda y sus experiencias siempre se realizaron en las operaciones de control referidas centradas en la protección de las explotaciones agrícolas, cosa que no tiene nada que ver con que sí fuera un gran cazador de elefantes, pues con colmillos mayores o menores no dejaban de ser elefantes con todo su riesgo y peligro potencial al enfrentarse a ellos…

Para mí era una gran gozada el hablar con Bill y discutir sobre calibres y elefantes, coincidiendo los dos en nuestra predilección por el .416 Rigby, con el que cobró la mayoría de sus elefantes, llegando a tal punto que tenía medio gastadas las estrías después de haber realizado tantos disparos. También utilizó el gigantesco .600 Nitro, con proyectil de 900 grains (58 gramos), el cual empleaba sólo por las noches cuando los elefantes entraban en las plantaciones en la oscuridad, tirando a la zona del codillo para impactar en el corazón y pulmones, lo que acababa con los animales.

Después de conocerlo abandonó el Departamento de Caza y, por algún tiempo, actuó como cazador-guía profesional conduciendo safaris para la nueva compañía Uganda Wildfire Development Company. Finalmente, Bill se retiró a vivir con su esposa en una de las islas del Canal de la Mancha, donde falleció superando los ochenta años de edad. Nunca escribió sobre sus experiencias, lo que es inexplicable, porque fue un gran cazador de elefantes, tan bueno como el mejor… Su mayor pareja de colmillos, conseguida con su licencia anual, no en control, pesaron 88 y 85 libras cada colmillo (40 y 38,5 kilos), cobrado con el .416 Rigby.

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Nombramiento de Tony Sánchez Ariño como socio de honor de la Asociación Oficial de Caza de la Guinea Continental Española:
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James Sutherland coleccion:
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Tony Sánchez Ariño en la tumba de James Sutherland, considerado el decano de los cazadores de elefantes:
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El cazador Mickey Norton, quien calculaba que había cobrado unos 2.000 elefantes:
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Tony Sánchez Ariño con Bill Priedham:
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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeDom 02 Sep 2018, 14:50

Segunda parte.

Continuamos con esta historia de la caza de la sabia mano del maestro Sánchez Ariño, un nuevo capítulo en el que nos presenta tres nuevos cazadores de leyenda de ese club de privilegiados héroes, que lograron la hazaña de abatir más de mil elefantes…

Théodore Lefebvre

El cazador francés Théodore Lefebvre fue el único en llegar a los mil elefantes, independiente de los otros muchos de su nacionalidad que cobraron  bastantes centenares de ellos también. Nació en el norte de Francia en 1878, falleciendo en 1955 a la edad de 77 años, después de pasar casi cincuenta años en el Ubangui-Chari (actual República Centroafricana).
Lefebvre con otro elefante en el Ubangui-chari en 1909.

Hacia mediados de 1906 llegó al referido Ubangui-Chari empleado por una compañía que se dedicaba al comercio de productos locales, siendo enviado a una zona remota para comprar a los nativos cera y marfil, a cambio de productos exportados de Francia. Para su protección le entregaron un fusil militar Lebel, del calibre 8 mm, utilizando la munición reglamentaria que disparaba una bala monolítica de bronce macizo. Como estaba, prácticamente, sin contacto con el resto del mundo, comenzó a cazar durante su tiempo libre, como simple distracción, pero poco a poco se fue interesando más por esta actividad hasta el punto de que acabó abandonando la compañía comercial después de un año para hacerse cazador profesional, centrándose principalmente en la persecución de los elefantes, entonces abundantes por todas partes. Contra todas las teorías de caza y balística, especialmente en cuanto a los elefantes se refiere, Lefebvre alcanzó grandes éxitos con el 8 mm Lebel, como fue cobrar la casi totalidad  de sus mil elefantes, además de muchos búfalos, rinocerontes, etcétera, pues fue un gran tirador que nunca disparaba si no estaba seguro de colocar la bala en el punto justo, que es el secreto del éxito, dicho sea de paso.

Lefebvre tuvo la oportunidad única de ser el primero en entrar en zonas que nunca habían sido visitadas por los blancos, territorios totalmente vírgenes. Esto me hace pensar que Lefebvre fue un cazador de cantidad y no de calidad, pues todas las fotografías que existen de él con elefantes son ejemplares muy ‘mediocres’. Sus zonas de caza favoritas fueron las áreas de Buca, Marali, Bossangoa, Fort Crampel y M’Bres, localizadas al norte, noreste y noroeste de la capital, Bamgui. Yo tuve la oportunidad de cazar por allí entre 1955 y 1959, encontrando muchos y muy buenos ejemplares que, lógicamente, no podrían compararse con los tiempos de Lefebvre, repitiendo que resulta extraño que nunca apareciera  en una foto algún gran ejemplar.
Lefebvre con un elefante cazado en la zona de Marali, Ubangui-chari, en 1920.

En 1953 publicó un pequeño libro sobre sus experiencias titulado Mes chasses en Afrique, cosa que hizo de forma muy vaga sin ninguna información sobre la calidad de los trofeos conseguidos, los mayores colmillos que cobró, etcétera, nada de nada, lo mismo que tampoco hizo referencia a las otras armas que debió de utilizar, citando sólo el 8 mm Lebel. En general es una obra imprecisa, nada informativa y de escaso interés, francamente decepcionante… lo que ‘fue un pecado’, pues nadie mejor que él pudo dar una idea sobre la caza en el Ubangui-Chari en aquellos lejanos días que él pudo disfrutar al máximo.

Como curiosidad citaremos los datos balísticos del 8 mm Lebel, que disparaba un proyectil de sólo 198 grains (12,7 gramos), con una velocidad inicial de 2.380 pies (780 metros) y una energía de 2.481 libras/pie (343 kilogramos/metro), en teoría lo menos adecuado para enfrentarse a los elefantes, de los que, sin querer levantar falsos testimonios, hace pensar que muchísimos de ellos se marcharon heridos…, por muy buen tirador que fuera Lefebvre, pues un elefante con un gran volumen, masa y resistencia siempre fue un gran oponente para los calibres medianos y pequeños.

Los famosos proyectiles monolíticos, de los que todos hablan ahora como si fuera lo último, aparecieron nada menos que en 1891, para ser utilizados por el fusil militar Lebel de 8 mm disparando una bala de bronce macizo, siendo los franceses los primeros en utilizar esta nueva munición en su ejército.

Harry Manners

Mi gran amigo y extraordinario cazador de elefantes Harry Manners nació en Grootfontein, África del Sur, el 17 de noviembre de 1971, falleciendo el 5 de mayo de 1997 a la edad de 80 años. Ese día, después de la rutina habitual, se sentó en el salón de la residencia donde vivía desde hacía dos años, en Nelspruit, África del Sur, comenzó la lectura de un libro que yo le había enviado y, a las tres y media de la tarde, abandonó este mundo de la forma más tranquila, sin enterarse, debido a un paro cardiaco.
Harry Manners con una buena selección de marfil, fruto de sus cacerías en Mozambique protegiendo a los nativos y sus cultivos de los destrozos de los paquidermos.

Cuando Harry tenía seis años sus padres se fueron a vivir a Lorenzo Marques, la antigua capital de Mozambique, hoy redenominada Maputo, donde  su padre se dedicó a consignatario de buques, y donde Harry pasó los próximos cincuenta años de su vida. A los 17 años, sin que su familia lo supiera, se fue con su amigo Wally Johnson para intentar cazar su primer elefante, él armado con un viejo rifle del 10,75×68 y Wally con el 9,3×62 que ambos habían adquirido ahorrando hasta el último céntimo. Después de las emociones consiguientes, Harry  consiguió ‘su’ elefante, que pesó cada colmillo exactamente 80 libras (36 kilos). Ante este primer éxito, siempre que podía se dedicaba a la persecución de los elefantes, adquiriendo la necesaria experiencia sobre la marcha, abandonando el trabajo en la oficina de su padre en 1939, para dedicarse de lleno a la caza. Hacía  principios de 1940 el gobernador general de Mozambique, a la vista de los grandes destrozos que causaban los elefantes en la agricultura del país, además de numerosos accidentes mortales entre la población nativa, decidió retirar la protección de la que habían disfrutado estos animales, declarándolos dañinos, cuya caza quedaba libre e ilimitada en todo Mozambique, lo que no dejó de ser un disparate por parte de aquel señor. Ante aquella oportunidad excepcional Harry  se dedicó a la caza de los elefantes de la forma más activa, continuando así hasta 1958 cuando el sentido común, junto con las nuevas reglamentaciones, puso final a aquella anarquía con las lógicas limitaciones.

Ante la nueva situación que puso punto y final a la búsqueda de marfil, Harry se convirtió en guía profesional de safaris, uniéndose a su amigo Wener von Alvensleben que acababa de crear una compañía con esta finalidad, industria que comenzaba entonces en Mozambique de forma floreciente. Durante los casi 19 años que se dedicó de forma muy activa a la caza de los elefantes, cobró unos mil de ellos, lo que le dio un promedio de 52 al año, aproximadamente, entre ellos un fabuloso ejemplar con colmillos de 185 y 183 libras (84 y 83 kilos), casi al final de su carrera como buscador de marfil, en 1957, cerca de la frontera con Nyasaland, actual Malawi, en una zona montañosa y alejada del distrito de Milange, de muy difícil acceso, siento prácticamente Harry el único cazador que operaba por allí. Esta fantástica pareja de colmillos es la cuarta mayor conseguida hasta la fecha. Un enorme error de Harry fue vender esa súper excepcional pareja al precio normal del mercado de marfil, que era entonces el equivalente de tres euros actuales por kilo, algo de lo que estuvo arrepintiéndose hasta el último día de su vida, pero… con eso se quedó.
Tony con su gran amigo Harry Manners en 1992.

El comerciante hindú que normalmente le compraba el marfil a Harry, se guardó los colmillos como una gran inversión, cosa que así fue sin la menor duda, pues hoy día valdrían fácilmente un millón de dólares; pero su codicia, y el engaño al despistado de Harry, tuvo también un mal final para él, pues se los robaron sin haberse tenido nunca más noticias sobre ellos, lo que hace temer que se cortaran en pedazos para tallar figuritas para los turistas y demás basuras de souvenirs, lo que sería un verdadero crimen. Por lo menos quedó la fotografía de Harry, con sus inmensos colmillos, como prueba absoluta de que sí existieron…

Durante sus actividades, Harry consiguió varios elefantes superando también las 100 libras (45 kilos), siendo su segunda mejor pareja de colmillos 132 y 130 libras (59,796 y 58,890 kilos). Al igual que hicimos otros cazadores, Harry fue utilizando diversos calibres en sus actividades, principalmente el 10,75×68 Mauser, .375 Magnum y .404 Jeffery, todos ellos de repetición. Me comentaba Harry que nunca le gustaron las armas de dos cañones o express, teniendo una pobre opinión sobre el 10,75×68 Mauser y el .458 Winchester, por su  errática y pobre penetración en disparos a la cabeza de los elefantes, junto con su escaso poder de parada en caso de un ataque, a pesar de que durante años no tuvo más remedio que utilizar el 10,75×68 Mauser al no disponer de otra cosa. El .404 Jeffery y el .416 Rugby los consideraba unos calibres magníficos para cazar elefantes, pero como sus municiones no eran siempre fáciles de encontrar en Mozambique, además de muy caras, prefirió centrarse en el .375 Magnum. A lo largo de su vida tuvo cuatro rifles de este calibre, todos ellos marca Winchester modelo 70, empleando la munición británica Kynoch, o sea armas de serie y precio reducido, pero que le dieron siempre los mejores resultados. Con ellos paró 35 cargas de elefantes, viviendo para contarlo, pues fue un gran tirador que conocía perfectamente la anatomía de estos animales y dónde impactar desde cualquier ángulo de tiro en los puntos mortales. Una cosa curiosa es que siempre utilizó balas blindadas para todo, incluidos los animales de piel fina. Además del referido millar de elefantes cobró también unos 500 búfalos, 49 rinocerontes y 21 leones, aparte de los consabidos antílopes.
Harry Mannes con su fantástico par de colmillos del elefante abatido en Mozambique de 183 y 187 libras 83,9 y 84,8 kilos), en 1957.

Con la independencia de Mozambique y los grandes desastres que siguieron,  Harry  se vio obligado a regresar a África del Sur después de 50 años, perdiendo todas sus propiedades allí y todo lo que le había costado una vida conseguir. Gracias a sus conocimientos sobre la fauna entró a trabajar en el Parque Nacional Kruger, teniéndose que adaptar a su nueva existencia. En 1980 publicó un libro sobre su vida y actividades en Mozambique, titulado Kambaku, pero esta edición surafricana sólo contenía una parte del manuscrito de Harry, por lo que en 1986, gracias a mi amistad con el dueño de la editorial Amwel Press, en Estados Unidos, se publicó el libro completo, correspondiéndome el honor de hacer el prólogo a esta nueva edición, libro que recomiendo a todos los amantes de África, la caza y la naturaleza, sobre  como fue Mozambique en sus ‘tiempos dorados’.

Durante mis frecuentes visitas a África del Sur me reunía con Harry, charlando de forma interminable recordando cuando él cazaba los elefantes en Mozambique y yo en el primitivo Congo, y es que la nostalgia es un imán poderoso para los que tuvieron recuerdos felices. Harry hablaba portugués, inglés y afrikaans, además de bastante español que le gustaba practicar conmigo. Se casó, tuvo tres hijos varones, lo mismo que yo, pero se divorció y en el plan familiar siempre lo encontré a ‘falta de algo’.

Después de jubilarse en el Parque Kruger se fue a vivir a un lugar muy cercano a Johannesburgo, donde solía visitarle, comer juntos, etcétera. Como tenía un problema de bronquitis crónica, que se le agudizaba con los fríos inviernos de Johannesburgo, en 1995 se marchó a una residencia en Nelspruit donde el clima era perfecto para él, y allí es donde falleció tranquilamente sin darse cuenta de que se marchaba de este mundo.

Hasta su muerte Harry y yo continuamos una estrecha amistad, conservando sus numerosas cartas con gran afecto. Harry escribió el capítulo sobre mí en el libro Cazadores de elefantes, Hombres de Leyenda, lo que fue un honor para mí. Con su ‘marcha’ África perdió uno de sus más grandes cazadores de elefantes y yo un entrañable amigo… pero así es la vida.

Pete Pearson

Pete Pearson nació en Australia el 16 de Enero de 1877, transcurriendo allí su juventud, hasta que, al cumplir 23 años, decidió marcharse a África en busca de nuevos horizontes, y allí permaneció  hasta su muerte el 10 de septiembre de 1929, a la temprana edad de 52 años, en el hospital de Kampala, Uganda, debido a un cáncer en el estómago. Pearson fue una persona de fuerte constitución, recio y con 1,90 metros de estatura.
Pete Pearson en Uganda en 1928, un año antes de fallecer.

Como muchas de las personas de la época victoriana con espíritu de aventuras y amor por la caza, se fue a la entonces África Oriental Británica, desembarcando en el puerto de Mombasa en 1903, después de cierto tiempo en África del Sur, donde había participado en la guerra angloboer como voluntario en una unidad montada. Desde Mombasa se trasladó a Kampala, en Uganda, utilizando el nuevo ferrocarril que unía ambos puntos, con la idea de hacerse cazador profesional de elefantes, así por las buenas, sin haber tenido nunca la menor experiencia en esta actividad, siendo una extraña decisión. Una vez en Kampala adquirió un rifle express del calibre .577 Nitro, con expulsores automáticos, marchando al distrito de Masindi donde había muchos elefantes con grandes colmillos.

A principios de 1904 conoció en Kampala a Bill Buckley, quien acababa de regresar del Enclave de Lado, donde abatía elefantes furtivamente de forma ilimitada. El referido Enclave estaba bajo la bandera del entonces Estado Independiente del Congo, que era propiedad particular del rey Leopoldo II de Bélgica, y convertido en Congo Belga el 15 de noviembre de 1908, como colonia de la Corona belga.
Tony Sánchez Ariño en el monumento a la memoria de Pete Pearson, en Bakumi, Uganda, en 1962.

Buckley le explicó todo sobre este territorio, donde habían incontables elefantes con grandes colmillos, y lo que había que hacer, que era cruzar el río Nilo, desde la orilla derecha a la izquierda, cazar tantos elefantes como se pudiera, evitando a las escasas patrullas belgas, cruzar de nuevo a la orilla del Nilo bajo control británico y vender el marfil, siempre en gran demanda, consiguiendo grandes beneficios. Ante el panorama Pete Pearson se asoció con Buckley realizando juntos una de estas expediciones furtivas, donde consiguieron una gran cantidad de marfil. Pero esta sociedad duró sólo un corto tiempo, seguramente debido al carácter poco sociable y huraño de Pearson. Desde entonces Pearson cazó siempre solo, sin colaborar con nadie, operando en el Enclave de Lado hasta la muerte del rey Leopoldo II de Bélgica en 1909, cuando se terminó el acuerdo con los británicos, volviendo el territorio a manos de éstos en 1910, quienes dividieron el Enclave entre el Sudán Meridional y Uganda, poniendo esto punto final a la caza furtiva de los elefantes en ‘aquel paraíso del marfil’, después de años de anarquía cinegética…
Peter Pearson en el enclave de Lado en 1905.

Pearson fue un hombre que nunca llevó una contabilidad de las piezas cobradas, pero más o menos se calcula que entre los elefantes cazados en el Enclave de Lado, Congo belga, Tanganyika, Ubangui-Chari y en control en Uganda la cifra total fue sobre los 2.000 ejemplares, entre ellos bastantes superando las 100 libras, con tres  parejas conseguidas en el Enclave de Lado con más de 150 libras por colmillo (68 kilos).

Al comienzo de sus actividades como cazador profesional de elefantes Pete Pearson utilizó un express del .577 Nitro, continuando así hasta que comenzaron a aparecer los rifles de repetición  en sistema Mauser con grandes calibres. Después de experimentar unos y otros, le dio su preferencia al .375  H&H Magnum, aparecido en 1912, convirtiéndose en un gran entusiasta de él, utilizando preferentemente un rifle de este calibre que le fabricó especialmente la firma John Rigby de Londres con la acción original Mauser, dejando el express .577 Nitro relegado a un plano secundario, siendo el resto de su vida un decidido partidario de las armas de repetición.

A su muerte, en 1929, entre el Príncipe de Gales, Sir William F. Gowers y varios amigos y compañeros de Pearson, le erigieron un monumento en un lugar llamado Bakumi, en plena escarpadura que domina el lago Alberto, desde donde Pete Pearson ojeaba a los elefantes para cazarlos, a un lado de la pista que une Masindi y Butiaba en Uganda, y donde tantas veces paré yo para visitarlo y rezar alguna oración por el más que olvidado Pearson, tan lejos de su tierra australiana…

El autor con un típico elefante de Selous,Tanzania,de cuerpo pequeño y grandes colmillos y de los que ya no queda ni el recuerdo por culpa de los furtivos:
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Lefebvre con otro elefante en el Ubangui-chari en 1909:
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Lefebvre con un elefante cazado en la zona de Marali, Ubangui-chari, en 1920:
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Harry Manners con una buena selección de marfil,de sus cacerías en Mozambique protegiendo a los nativos y sus cultivos de los destrozos de los paquidermos:
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Tony con su gran amigo Harry Manners en 1992:
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Harry Mannes con su fantástico par de colmillos del elefante abatido en Mozambique de 183 y 187 libras 83,9 y 84,8 kilos, en 1957:
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Pete Pearson en Uganda en 1928, un año antes de fallecer:
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Tony Sánchez Ariño en el monumento a la memoria de Pete Pearson, en Bakumi, Uganda, en 1962:
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Peter Pearson en el enclave de Lado en 1905:
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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeDom 02 Sep 2018, 15:03

Tercera parte.

Samaki Salmon abatió, sin ser cazador profesional, la friolera de 4.000 elefantes –realizando gestión y protegiendo a los nativos–; Eric Rundgren, gran amigo del Maestro Sánchez-Ariño, cobró unos 1.200; y el mítico Karamojo Bell algo más del millar. Ésta es su leyenda...

Samaki Salmon

Nunca fue un cazador profesional de marfil, pero tiene el récord absoluto de elefantes a su crédito, con unos 4.000 ejemplares, todos ellos cobrados en Uganda, en su calidad de director del departamento del Elephant Control, pues en 1924, cuando se creó, los  elefantes se encontraban extendidos por el 70 % del territorio, causando grandes destrozos y daños en la agricultura, además de víctimas humanas.

Su verdadero  nombre era Roy Dugdale Salmon, poniéndole el mote de Samaki –que en swahili quiere decir «pescado»– por su apellido de Salmon.
Samaki Salmon en Uganda, donde abatió, para proteger a nativos y cultivos, más de 4.000 elefantes sin ser cazador profesional, en su calidad de director del departamento del Elephant Control.

Nació en Nueva Zelanda en 1888, y falleció en su propiedad llamada Laager Farm, en Montebello, no lejos de la cuidad de Durban en la provincia de Natal (África del Sur), el 23 de septiembre de 1952 de forma repentina por un fallo cardiaco, a la edad de 64 años. Cuando tenía 23 años decidió abandonar Nueva Zelanda y marcharse a la entonces África Oriental Británica, desembarcando en el puerto de Mombasa en 1911, donde estuvo casi un año desarrollando diversas actividades para poder vivir, continuando después hacia la lejana Uganda, en el interior de África, con la idea de dedicarse al cultivo de café, y quedándose por fin en Fort Portal de forma definitiva, donde se le dio muy bien esta actividad.

Al comenzar la Gran Guerra en 1914 fue movilizado tomando parte activa en la lucha contra los alemanes en su colonia de África Oriental Alemana, actual Tanzania, alcanzando el grado de capitán con los King’s African Rifles, donde tuvo una actuación muy destacada siendo condecorado con la cruz militar. Al desmovilizarlo regresó a sus plantaciones de café en Fort Portal y cazar los elefantes de la licencia anual, actividad a la que se había aficionado desde su llegada allí. En aquella época el gobierno concedía una licencia  especial llamada Planter’s Licence, que autorizaba anualmente la caza de veinte elefantes al titular, para proteger sus plantaciones de los periódicos saqueos de estos animales. Samaki se ve que estaba dotado de unas condiciones especiales para esta actividad tan particular, extendiéndose su reputación como cazador de elefantes por todas partes.

En 1924 el gobierno tuvo que crear el Elephant Control Section of the Uganda Game Department para luchar contra los destrozos producidos por estos animales en la agricultura y bosques, ofreciéndole el gobierno a Samaki Salmon la dirección del recientemente creado departamento, cosa que aceptó junto con los famosos cazadores  de lefantes Deaf Banks y Pete Pearson, formando entre los tres un equipo incomparable. Para dar una idea de la gran cantidad de elefantes que había entonces en Uganda, el Elephant Control Section se vio en la necesidad de eliminar 13.096 elefantes entre 1925 y 1935, con una media de 1.309 al año. De este equipo inicial el primero  en desaparecer fue Pete Pearson, fallecido en 1929. Más tarde Deaf Banks se retiró en 1941 a la edad de 66 años para vivir en Londres, siendo Samaki Salmon el último en dejarlo en 1948, forzado por su mala salud, después de 24 años de servicios.
Samaki Salmon, Uganda 1925.

Hasta hace unos años, la caza selectiva de reducción de elefantes en Zimbabue y África del Sur principalmente, se realizaba por equipos formados por diez o doce personas utilizando armas de guerra semiautomáticas, actuando todos al mismo tiempo con la ayuda de helicópteros y vehículos todoterreno que les  ‘ojeaban’ los rebaños evitando que estos se dispersaran, o sea, una triste matanza… Por el contrario, Salmon y su equipo realizaban esta labor en solitario, actuando individualmente, como si fuera la caza en su forma tradicional, andando y aguantando lo que fuera en cuanto a esfuerzo e incomodidades, permitiéndome añadir que yo, de forma mucho más modesta, también realicé mi cometido de igual forma, solo, andando con un pequeño grupo de nativos.

Con una pareja de rifles de repetición del calibre .416 Rigby consiguió unos éxitos nunca igualados por un solo tirador, como fue cobrar 12 elefantes de 14 disparos en menos de diez minutos, 40 en un solo día, 70 en tres días y 400 en tres semanas. La fama de Samaki Salmon se hizo tan universal que cada vez que llegaba una personalidad de caza a Uganda era él la persona seleccionada para acompañarlo, sin ser en absoluto cazador profesional o white hunter. En 1925 llevó de safari al duque y a la Duquesa de York, convertidos en 1937 en el rey George VI de Inglaterra y la reina Elisabeth. En 1928, al entonces Duque de Windsor, en 1932 al rey Alberto I de Bélgica y en 1938 al Duque de Gloucester.

Salmon nunca se movió de Uganda, utilizando para su trabajo la referida pareja de rifles del .416 Rigby con acción original Mauser, empleando también un express del .470 Nitro muy ocasionalmente. Inexplicablemente, Salmon nunca escribió nada sobre sus excepcionales experiencias, dejando perderse algo que debió de ser único… algo similar a lo que no hicieron otros grandes cazadores de elefantes como Pete Pearson, Mickey Norton y Deaf Banks, que jamás escribieron nada sin dejar memorias de sus increíbles hazañas… que se las llevó el viento.

Eric Rungren

Mi viejo y querido amigo Eric Rungren, con el que tuve el honor de compartir andanzas cinegéticas bajo el sol africano, nació en Gran Bretaña, en Northumberland, el 26 de junio de 1918, de padre sueco y madre irlandesa, falleciendo en Perth, Australia, el 18 de agosto de 1992 a los 74 años de edad. En algunos artículos sobre él decían que habían nacido en Laponia e inexactitudes por el estilo, producto de la fantasía de algunos mal informados, que, seguramente, querían darle un aire más exótico a sus orígenes.
Eric Rungren con unos colmillos logrados en Kenia.

Cuando Eric tenía seis meses sus padres emigraron a Kenia con la  idea de cultivar café, y allí es donde creció y se educó, en una granja. Desde pequeño sintió una gran afición por la caza, comenzando a los ocho años con un rifle del calibre 22 Long Rifle regalo de su padre. Después de muchas vicisitudes, más negativas que positivas, pasaron bastantes años durante los cuales Eric había tenido la oportunidad de cazar muchos de los cinco grandes y crearse una buena reputación como cazador por toda Kenya.  En 1944 Eric fue contratado por el Departamento de Caza para evitar las matanzas de animales por parte de los colonos, a la que se habían aficionado durante las anárquicos años de la guerra comenzada en 1939, teniendo bajo su control un territorio de 11.000 kilómetros cuadrados, en el que, además, tenía que eliminar los numerosos leones que hacían estragos entre el ganado doméstico, quedando estacionado en Nanyuki como Game Control Officer. Después de años de intensa actividad Eric abandonó el Departamento de Caza en 1952, con 34 años de edad, siendo contratado inmediatamente como cazado profesional por la famosa firma Ker & Downey, de Nairobi, comenzando con una carrera que le hizo internacionalmente famoso en el mundo de la caza africana.

Eric no fue un cazador profesional de marfil en el sentido exacto de la palabra, pero entre los elefantes que abatió en operaciones de control, los logrados en sus licencias personales y los que ayudó a cobrar en safaris deportivos, el total de su vida fueron unos 1.200 más o menos, incluidos muy grandes ejemplares. El mayor trofeo que cobró Eric con sus licencias pesó 160 libras cada colmillo (72,5 kilos), con varios más entre 100 y 140 libras (45 y 63,5 kilos). En mi libro titulado Cazadores de elefantes, Hombres de leyenda, al hablar de Eric cometí un error al citar su mejor par de colmillos con 174 y 172 libras, pero cuando averigüé la verdad el libro ya estaba en la imprenta sin posibilidad de corregirlo. Lo siento y pido perdón desde aquí, pero no fue culpa mía… Muchos de sus grandes elefantes los cazó Eric a lo largo del río Tana, en Kenia, en la zona llamada El Bara centrada entre el referido río Tana y el Athi, y en Tanganica (actual Tanzania) por la zona del río Umba, al pie de los montes Pare y por los terrenos medio pantanosos del río Mayawase, al oeste de la población de Tabora.
Eric Rungren con el mayor elefante que abatió, de 160 libras cada colmillo (72,5 kilos).

Su rifle predilecto para cazarlos fue el .416 Rigby y, en cierta ocasión, en una operación de control, cobró 21 elefantes de 25 disparos con él, en algo más de cuatro horas, en la zona muy boscosa a lo largo de la costa de Kenia, un lugar verdaderamente endiablado por la dificultad de ver los animales entre la vegetación.  Otra vez consiguió 50 elefantes en cuatro días. También utilizó algún tiempo un express del .450 nº2 Nitro fabricado por Joseph Lang, en Londres. Como arma ligera empleó, principalmente, a parte de un .275 Rigby –equivalente al 7×57 Mauser–, el .300 H&H Magnum, con el que cazó bastantes búfalos y elefantes tirándoles al corazón con balas blindadas. Terminó sus días con un .458 Winchester durante sus últimos safaris en Botsuana, al ser muy difícil, por cierto tiempo, entonces, el encontrar municiones para el .416 Rigby.

Además de los referidos 1.200 elefantes, Eric cobró también cerca de 600 leones, 4.000 búfalos, 250 rinocerontes negros y unos 500 leopardos, lo que representan unas cifras realmente asombrosas, habiendo sido herido sólo una vez por un leopardo en un safari con unos clientes mexicanos.

Después de muchos años de cacerías y safaris en Kenia y Tanganica, se marchó a Botsuana donde finalmente se retiró de la caza profesional. Su primer elefante lo cazó Eric a la edad de 18 años en Kenia y el último en Botsuana, a los 63. Muchas veces, hablando con Eric, me comentaba que pensaba escribir un libro sobre sus experiencias como cazador en África, y que si le podría ayudar para darle forma, contestándole que estaría más que encantado de hacerlo, pues sería un gran honor para mí, pero, al final, falleció sin realizarlo. En los últimos años de su vida, cuando abandonó Kenia y se fue a África del Sur para, desde allí, operar en Botsuana, solíamos encontrarnos en Petroria donde pasábamos  unos días recordando nuestros felices ‘viejos tiempos’, tema interminable para los cazadores de ‘ayer y anteayer’.
Tony, Luis y Eric Rungren.

Eric organizó su vida pasando seis meses en África del Sur y otros seis en Australia, mayoritariamente pescando, que era su otro hobby. Para mí fue una gran satisfacción ser amigo de Eric Rungren, teniendo que admitir que su carácter era un tanto particular, pecando de brusco y poco diplomático. Afortunadamente, nunca tuvimos el menor roce los dos, más bien todo lo contrario, al que le encantaba que le contara cosas de mis andanzas por el Congo Belga, Congo Brazzaville, Camerún, Sudán… recordando con añoranza ahora nuestras interminables charlas, centradas principalmente en los grandes elefantes. Conocí a Eric en 1958 en Kenia, manteniendo siempre una cordial amistad hasta su muerte, habiendo sostenido con él una ininterrumpida correspondencia. Conservo la última carta que me escribió el 17 de julio de 1992 contándome su próximo ingreso en el hospital para sufrir una operación tratando de remediar los graves problemas que tenía de circulación en las piernas, que le impedían casi andar. Le contesté rápidamente para animarle, pero no me respondió, pues un mes y un día más tarde falleció debido a unas complicaciones surgidas durante la intervención. Conservo todas sus cartas, junto con las de Harry Manners, como un ‘pequeño tesoro’, que ahora ,en el ‘atardecer de mi vida’ me gusta releer con gran nostalgia y tristeza…

Karamojo Bell

En el mundo de los cazadores profesionales de elefantes uno de los más famosos, o populares, fue Karamojo Bell, cuyo verdadero nombre fue Walter Delrymple Maitland Bell, recibiendo el mote de Karamojo por los años que pasó cazando elefantes en la provincia de Karamoja en Uganda, durante la primera década de 1900.
Karamojo Bell fue el único cazador de la vieja escuela que llevó una contabilidad exacta de los elefantes que cobró: 1.011 ejemplares.

Bell era escocés, nacido en Edimburgo en 1880, dentro del seno de una familia acomodada de la burguesía con diez hijos. Desde jovencito mostró una personalidad y carácter fuera de la línea tradicional de la época victoriana, hasta el punto de que, en contra de su familia, se embarcó siendo casi un niño recorriendo medio mundo, para marcharse luego, con 17 años, al África Oriental Británica, enrolándose en las caravanas que marchaban hacia el interior, saliendo del puerto de Mombasa, para protegerlas de los ataques de los leones y demás animales salvajes que representaran un peligro. Después de diferentes actividades en Uganda, y la antes mencionada África Oriental Británica, redenominada Kenia desde 1920, decidió irse a Alaska, al territorio de Klondyke, para probar suerte en la llamada Carrera del Oro a la vista de los grandes yacimientos descubiertos de este precioso metal. Consiguió bastante dinero, no con el oro sino vendiendo carne de caza a los mineros en la población de Dawson, pues estaba lleno de animales salvajes en aquellos tiempos.

Después de cierto tiempo regresó al  Canadá y desde allí se fue a África del Sur tomando parte en la Guerra Anglo-Boer. Una vez terminada la contienda, Bell se marchó a Uganda con la deliberada idea de hacerse cazador de elefantes, sin haber tenido antes la menor experiencia con ellos, como fue mi caso también muchos años después, dicho sea como nota anecdótica.

Una vez equipado en Nairobi, aprovechando que ya funcionaba el ferrocarril Mombasa-Kampala, llegó hasta el puesto de Kisumu, para, desde allí, intentar alcanzar la remota zona de Karamoja, en el noroeste de Uganda, en aquellos tiempos poco menos que terra incognita. Como armamento había adquirido en Nairobi dos rifles militares del calibre .303 Lee Enfield, netamente insuficientes para cazar elefantes, con un proyectil de sólo 215 grains (13 gramos), incapaces de parar la carga de uno de estos grandes animales, pero que sí podían matarlos en disparos bien centrados en el corazón, evitando que la bala tropezara con alguno de los grandes huesos.

Esta primera intentona se le dio muy bien, consiguiendo una buena cantidad de marfil en el distrito de Unyoro, aún lejos de Karamoja, con cuya venta sus finanzas se reforzaron muy notablemente, hasta el punto de poder mejorar su batería de armas, que quedó formada por otro rifle del .303 Lee Enfield, un .275 Rigby, un express del calibre .450/.400 Nitro y una pistola Mauser.

Karamojo Bell fue una persona a la que le supusieron muchas cosas que, en realidad no hizo, como la leyenda de que sólo utilizó ‘mini calibres’ para cazar elefantes, como el .256 Mannlincher, .275 Rigby y .303 Lee Enfield, fantasías que él dejó correr.

Por fin, cruzando  el río Turkwell llegó a la ‘tierra soñada’ de Karamoja, donde permaneció cazando elefantes durante varios años, de forma muy provechosa y, a raíz de sus actividades en Uganda, decidió continuar en Etiopía, para luego irse al Enclave de Lado en el primitivo Estado Independiente del Congo. En total permaneció ocho años cazando elefantes por Uganda, África Oriental Británica, Etiopía y el Enclave de Lado en el Congo, donde ganó una verdadera fortuna con el marfil.

Con su espíritu inquieto decidió buscar nuevos lugares donde continuar cazando elefantes, seleccionando, de forma asombrosa, la pequeña República de Liberia en África Occidental, cubierta completamente por la selva ecuatorial, llegando a la capital, Morovia, en 1911 continuando al distrito de Greenwood cerca del límite con la Costa de Marfil bajo bandera francesa. Después de cobrar 27 elefantes abandonó la caza allí a la vista de los pequeños colmillos conseguidos que sólo pesaban normalmente entre 5 y 10 kilos (de 11 a 22 libras).

Durante su experiencia liberiana utilizó un rifle .318 Westley Richards sistema Mauser, con muy buenos resultados debido a la gran penetración del proyectil de 250 grains (16 gramos). De Liberia, Karamojo, Bell se marchí al Ubangui-Chari, actual República Centroafricana, donde nuevamente utilizó dos rifles del .303 Lee Enfield con cargador de 10 balas, balísticamente muy inferiores al .318 Westley Richards, resultando un poco extraña esa decisión… Estando en este país comenzó la Gran Guerra en 1914, regresando rápidamente a Inglaterra, y entrando en el Royal Flying Corps, después de intensos estudios y entrenamientos, terminando la guerra con el grado de capitán de las Reales Fuerzas Aéreas.

Al llegar la paz regresó a Escocia, donde se casó a la edad de 38 años, y desde donde, después de descansar una larga temporada, marchó nuevamente a África para hacer su última cacería de elefantes, que fue en la Costa de Marfil, Camerún y finalmente al Tchad, poniendo esto punto y final a sus actividades de cazador de marfil.

De nuevo en Escocia adquirió cuatro mil acres de terreno cerca de Garve, en el condado de Roshire, con una amplia casa, llevando una vida tranquila dedicada a pintar y navegar en su yate, además de cazar algunos venados cada temporada en las montañas escocesas. Desgraciadamente, sufrió un ataque al corazón que le impidió continuar con esas actividades, excepto pintar, falleciendo de un nuevo infarto el 30 de junio de 1954.

Karamojo Bell fue una persona a la que le supusieron muchas cosas que, en realidad no hizo, como la leyenda de que sólo utilizó ‘mini calibres’ para cazar elefantes, como el .256 Mannlincher, .275 Rigby y .303 Lee Enfield, fantasías que él dejó correr al darle esto una personalidad única, independientemente de que fue un gran tirador, realmente excepcional.

Además del referido .318 Westley Richards también utilizó un express del .450/.400 Nitro, fabricado por Jeffery, y dos rifles de .416 Rigby junto con 1.000 balas blindadas, como adquirió y pude comprobar personalmente en la casa Rigby, en Londres, donde figura esta venta en el libro de registros de la compañía.

Karamojo Bell fue el único cazador de la vieja escuela que llevó una contabilidad exacta de los elefantes que cobró y de donde los abatió, siendo el total como sigue: entre Uganda y la antigua África Oriental Británica, 250 ejemplares. Etiopía, 149. Enclave de Lado, 266. Ubangui-Chari, 189. Congo Belga, 22. Liberia, 27. Costa de Marfil, Camerún y Tchad, 80. En total 983 machos y 28 hembras, lo que hacen un total de 1.011 ejemplares.

Mucho se habló y se discutió sobre las hazañas de Karamojo Bell cazando elefante con mini-calibres, pero esto ya pertenece al ‘folklore africano’ tomando las cosas como dicen que fueron, si bien hay unanimidad en el criterio de que nunca mencionó los muchísimos que se le marcharon heridos, lo mismo que le debió de ocurrir a Levebvre cazando con el 8 mm Lebel militar, pues en aquella época la mentalidad era diferente y pocos se arriesgaban persiguiendo elefantes huidos con un mal disparo, teniendo tantos más a mano… lo que no deja de ser muy lamentable, pero así fue, por desgracia.

Primer plano de Tony con elefante:
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Samaki Salmon en Uganda, donde abatió, para proteger a nativos y cultivos, más de 4.000 elefantes sin ser cazador profesional:
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Samaki Salmon, Uganda 1925:
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Eric Rungren con unos colmillos logrados en Kenia:
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Eric Rungren con el mayor elefante que abatió, de 160 libras cada colmillo (72,5 kilos):
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Tony, Luis y Eric Rungren:
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Karamojo Bell fue el único cazador de la vieja escuela que llevó una contabilidad exacta de los elefantes que cobró 1.011 ejemplares:
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Karamojo vejez:
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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeDom 02 Sep 2018, 15:12

Cuarta parte.

John Hunter con su mejor elefante (de Kenia), de 160 y 150 libras.

El conocido como White Hunter, John Hunter, está considerado como el mejor cazador blanco de todo el África Oriental en la época anterior a la Segunda Guerra Mundial, toda una leyenda que viene a nuestras páginas gracias a esta historia de la caza del maestro Sánchez-Ariño.

JOHN HUNTER
John A. Hunter en 1930.

Mi viejo, querido y admirado cazador John Alexander Hunter, sin duda el más famoso cazador de África Oriental, nació en Shearington en 1887, en el sur de Escocia, y falleció en Makindu, Kenya, en 1963 a la edad de 76 años. Escribo estas notas sobre John Hunter, o JH, como le llamaba todo el mundo con gran afecto, pues él, junto con George Rushby, otro de los grandes cazadores de marfil, me honraron con su amistad y me ayudaron mucho con sus consejos al principio de mis andanzas por África Oriental y Central.

Gracias a ellos pude encaminar correctamente mis entonces jóvenes pasos, evitándome muchos problemas, desengaños y errores, a los cuales están expuestos la mala combinación de entusiasmo excesivo y experiencia limitada… dándome cuenta del gran privilegio que tuve de que John Hunter y George Rushby le tendieran la mano y amistad a un jovencito español, lleno de admiración y timidez, hace más de cincuenta años, lazos que continuaron hasta el mismo día de sus muertes.

La familia de Hunter era de granjeros acomodados, propietarios de magníficas tierras, donde el joven John cazaba toda clase de aves con una vieja escopeta Purdey. Los años fueron pasando y cuando John tenía 18 se enamoró de una mujer mucho mayor que él, decidiendo casarse con ella, ante la negativa familiar al ver que aquello sería un disparate. Por fin el padre pudo convencerlo de que se fuera al África Oriental Británica a la granja de un lejano pariente, donde podría cazar lo que quisiera, oferta que hizo se enfriara de golpe aquel amor tormentoso y sólo pensara en marchar lo antes posible a África, soñando con los elefantes, leones y toda clase de animales cazables.

Después de un largo viaje por barco desde Inglaterra llegó a Mombasa, continuando luego por ferrocarril a Nairobi, donde le esperaba el pariente, que resultó un energúmeno, hasta tal punto que John abandonó la granja después de tres meses, regresando a Nairobi, donde tuvo la suerte de encontrar trabajo en el ferrocarril llamado de Uganda, que conectaba este país con Mombasa en la costa del Indico, cruzando toda África Oriental de este a oeste. Su labor era la de revisor del tren y esta actividad le dio la ocasión de atravesar territorios poblados por miles y miles de animales salvajes, siendo cosa normal ver leones, incluso leopardos, desde el ferrocarril, a los cuales John les disparaba desde las ventanillas de los vagones con un rifle del calibre .275 (similar al 5×57 Mauser) que su padre le regaló cuando se marchó a África.

Cuando caía la pieza tiraba de la señal de alarma, según había convenido con el maquinista, para recoger el trofeo, el cual también le avisaba con dos silbidos de la presencia de un león y con tres de la de un leopardo. Un día apareció un rebaño de elefantes muy cerca de cerca de la vía y, sin pensarlo dos veces, con los pasajeros mirando la escena, John, acompañado del maquinista, se acercaron al rebaño sin haber tenido nunca la menor experiencia con estos animales, armado tan sólo con el .275, con el que le hizo un disparo al codillo del mayor elefante, organizándose una desbandada de la que salieron con vida de milagro, regresando al tren como pudieron mientras los elefantes desaparecían junto con el herido. El susto fue de ‘clase récord’, pero, al día siguiente, de regreso a Nairobi, encontraron al elefante muerto muy cerca de la vía, lo que permitió recuperar los colmillos, que luego vendió a un comerciante hindú de marfil, quien le pagó una cantidad similar a la que él ganaba en dos meses como revisor del tren, lo que le abrió los ojos al ver que uno se podía ganar muy bien la vida como cazador. Sus comienzos como profesional fueron centrarse en la caza de los leones y leopardos, muy abundantes entonces, vendiendo las pieles al equivalente a una libra esterlina cada una, ya que, entonces, la moneda oficial era la rupia, hasta 1920 que se impuso definitivamente la libra esterlina mencionada.

Su Mauser del .275 era de un calibre insuficiente como para dejar a un león herido, pero, como era un tirador realmente excepcional, nunca tuvo problemas después de hacer cobrado un número muy elevado de leones y leopardos, mejorando muchísimo su situación económica, cosa que le permitió, un poco tiempo después, casarse en Nairobi con Hilda Banbury.

Al ser padre, quiso abandonar la caza, por considerarla una ocupación de gran riesgo, pero metido en diversos negocios las cosas se le dieron mal, llegando casi al borde de la quiebra económica. Entonces, aconsejado por su esposa, volvió a la caza profesional, lo que fue gran acierto de su vida al alcanzar una fama al más alto nivel internacional.
John A. Hunter y Roy Home con dos parejas de colmillos que superan las 130 libras cada uno, cazados en los años 30.

Entre 1912 y 1922, antes de que las nuevas reglamentaciones hicieran inviable continuar con la caza comercial de marfil, John se dedicó de lleno a los elefantes. Muchas veces me comentó que aquella había sido la época más feliz de su vida, con grandes rebaños de elefantes al alcance de la mano. No recordaba exactamente cuantos cobró en su vida, pero aproximadamente entre 1.300 y 1.500, muchos superando las cien libras, siendo su mejor trofeo una pareja de colmillos de 160 y 150 libras (72,5 y 68 kilos) conseguida en Kenia. Una vez pasada el ‘estado primario’ de aprendizaje, siempre utilizó grandes calibres para la caza peligrosa, alegando que “no se le puede dar a un niño el trabajo de un hombre”.

Aparte de su actividad personal también realizó expediciones de control para el Departamento de Caza de Kenia, como fue, hacia principios de 1920, reducir el número de leones devoradores de ganado en el territorio massai, cobrando algo más de ochenta ejemplares en tres meses, con el récord de 18 en una sola noche. También por cuenta del Departamento de Caza tuvo que eliminar 944 rinocerontes negros en la zona Makueni, de un total de unos 1.500 en su vida, para que la tribu Wakamba tuviera mayores extensiones de tierra para sus cultivos.

John Hunter fue utilizando a lo largo de su vida todo tipo de armas y calibres, dándole su preferencia a los rifles de dos cañones o express, siempre con expulsores. Durante muchos años, su calibre favorito fue el express .475 nº2 Nitro, pero al hacerse más viejo se pasó al .500 Nitro, que era algo más potente. También utilizó por poco tiempo un .577 Nitro, pero lo abandonó pronto al encontrarlo muy pesado y que, según él, no mataba más que otros calibres menores si la bala no iba al sitio justo, cosa en la que, modestamente, estoy al cien por cien con él, pues yo también tuve un .577 Nitro con el que no encontré diferencia de efectividad mortal comparado con el .416 Rigby, .500 /.465 Nitro, .475 nº2 Nitro y .500 Jeffery, con los que principalmente cacé toda mi vida. Independientemente de su preferencia por los rifles de dos cañones, también usó los de repetición sistema Mauser, como el .416 Rigby, que fue su calibre favorito para cazar leones, y el .505 Gibbs para realizar batidas contra los elefantes.

En cierta ocasión se encontró en medio de una desbandada de estos animales pudiendo sobrevivir gracias a la gran potencia del referido .505 Gibbs, derribando doce elefantes que quedaron muertos a su alrededor. Como arma ligera siempre empleó el .30-06 para todo el resto de la caza.

A John Hunter siempre lo encontré con una pipa en la mano y un vaso de whisky al lado, como formando parte de su persona. Cuando tenían ocasión, le hacía visitas en su hotel The Hunter’s Lodge para verle y escuchar su conversación, que era amenísima, sobre todo cuando se refería a los muy viejos tiempos de ‘anteayer’. Recuerdo que después de comer nos metíamos en su despacho sentándonos en unas destartaladas butacas charlando hasta el infinito, especialmente de armas de gran calibre, sus municiones y todo lo relacionado con ellas. Le gustaba preguntarme por zonas del Congo Belga, donde él cazó antes de que yo naciera, y de las que acababa de regresar después de perseguir a los habituales elefantes. De vez en cuando entraba su esposa Hilda para ver si queríamos más té o café, junto con unas galletas, dejándonos luego tranquilos con nuestras conversaciones.

Recuerdo como si fuera ayer que en 1960 me ofreció su último rifle express del calibre .500 Nitro, fabricado en Londres por Evans, en sistema Anson & Deley, por 300 libras esterlinas junto con doscientos cartuchos, una cifra ridícula hoy día, pero inalcanzable para mí hace 56 años, lo que representó una frustración que siempre recordaré a lo largo de los años.

El tiempo fue pasando y John Hunter falleció en 1963, terminando con él una leyenda viviente en el mundo de la caza africana, con dos récords absolutos, como fue cobrar algo más de 600 leones y alrededor de 1.500 rinocerontes negros, además de los elefantes…

Mientras escribo estas notas el pensamiento se me escapa hacia Makindu, el Hunter’s Lodge y el eternamente polvoriento despacho de John Hunter, donde tantas horas inolvidables pasé en su compañía charlando, escuchando y aceptando consejos cuando se dirigía a mí llamándome “Tony, my boy…”.

DEAF BANKS

Frederick Grant Banks nació en Londres en 1875, falleciendo en el mismo Londres el 31 de mayo de 1954, a la edad de 79 años, con una carrera que le consagró como uno de los más grandes cazadores de elefantes de la historia africana.
Los nativos con los colmillos conseguidos por Deaf Banks en el Enclave de Lado, en 1905.

Fue conocido por todo el mundo por el mote Deaf Banks, o sea el Sordo Banks, ya que padeció una profunda sordera toda su vida debido a una gripe mal curada cuando era niño, emigrando entonces sus padres a Nueva Zelanda, donde creció y se educó, y allí pasó años dedicado a diversas actividades, decidiendo marcharse a Uganda cuando contaba veinte años de edad, desembarcando en Mombasa en 1895, llegando a Uganda en las caravanas que se internaban andando hasta allí en África Centro Oriental, pues todavía no existía el ferrocarril que más tarde uniría Mombasa con Kampala. Banks permaneció los siguientes 46 años en Uganda, salvo excepcionales visitas a Inglaterra donde residían dos hermanas.

Después de tres años trabajando para el gobierno se dedicó al cultivo del café en Munobo, cerca de Fort Portal. Como no tenía suficiente dinero para invertir en los cafetales decidió cazar elefantes, sin la menor experiencia previa, esperando conseguir los fondos suficientes para su plantación con la venta del marfil, contando con que el gobierno concedía entonces la llamada Planter’s Licence que autorizaba a 20 elefantes al año para proteger las plantaciones. Entre 1898 y 1903 cobró un total de 120 elefantes machos, buscando ejemplares con grandes colmillos, en lugar de tirar a lo que fuera, como hacían otros plantadores de café, los que le proporcionaron grandes ingresos. Al principio de esta actividad utilizó un rifle militar .303 Lee Enfield, disparando siempre al corazón. Años más tarde adquirió un express del calibre .577 Nitro, con cañón de 24 pulgadas (60 centímetros) y expulsores automáticos, con el que continuó toda su vida, junto con un pequeño .256 Mannlicher para los antílopes…

Hacia finales de 1903 Banks conoció en Entebbe, la entonces capital de Uganda, siendo la actual Kampala, a Bill Buckley que desde hacía unos meses abatía elefantes furtivamente en el Enclave de Lado bajo bandera del Estado Independiente del Congo, quien le habló entusiasmado de los incontables elefantes que poblaban el territorio y los grandes beneficios que estaba consiguiendo con el marfil, pues había muchos y muy buenos ejemplares. El único punto negativo eran las patrullas belgas que solían tener la mano muy dura con los furtivos, pero como eran pocas y el territorio muy grande, era fácil esquivarlas, más si se estaba en buenas relaciones con las tribus locales que les avisaban de sus movimientos.

Ante el radiante panorama Banks decidió tentar también a la suerte en el famoso Enclave de Lado, actividad que comenzó en 1904, siendo el cuarto cazador en actuar en ese territorio después de Buckley, Norton y Pearson, siempre en solitario, pues nunca se asoció con nadie. Continuando así hasta 1910 que puso punto final a aquel estado de cosas, pasando el Enclave de Lado a manos británicas que lo dividieron entre el Sudán y Uganda para su mejor administración.
Otra exitosa cacería en el Congo Belga realizada por Banks, en 1912, donde abatió numerosos elefantes en el Enclave de Lado.

Durante los seis años que Banks furtiveó en el Enclave de Lado fue uno de los cazadores más destacados, consiguiendo varios elefantes con colmillos superando las 140 libras (63,5 kilos). Su récord fue un monopunta que pesó 185 libras (83,9 kilos) y, numéricamente cobró trece elefantes en un día con trece disparos de su rifle express .577 Nitro, una hazaña realmente excepcional.

Manteniendo sus plantaciones de café en Munobo al cuidado de un encargado y terminada la posibilidad de seguir cazando en el ‘extinto’ Enclave de Lado, Banks buscó nuevas zonas donde poder continuar con esta actividad, seleccionando el Congo Belga que hacía frontera con Uganda, donde también abundaban enormemente los elefantes.

Acostumbrado a la caza ilimitada de los elefantes furtiveados en el Enclave de Lado, parece que no respetó demasiado las leyes de la nueva colonia belga, como colonia de la corona. En noviembre de 1908 le concedieron un permiso para cazar veinte ejemplares, cantidad que sobrepasó enormemente, hasta el punto que el gobierno envió una patrulla para detenerlo. Gracias a sus buenas relaciones con los nativos, que se beneficiaban de la carne de los elefantes, éstos le advirtieron de lo que ocurría, pudiendo escapar con más de tres toneladas de marfil cruzando el río Semliki en canoas y regresando a Uganda.

Las autoridades del Congo Belga lo denunciaron a las británicas, pero pudo escapar de la ley sin serios problemas, si bien ya nunca pudo regresar a aquella ‘mina de marfil’ que era el Congo Belga. Volvió a sus plantaciones de café, cobrando los veinte elefantes anuales autorizados por el gobierno, quedando reducido a los tres de la licencia normal.

Cuando en 1924 el gobierno de Uganda, a la vista de los grandes destrozos producidos por los elefantes en la agricultura y bosques, creó un servicio especial para controlar a los elefantes llamado Elephant Control Section of the Uganda Game Departament, quedando empleado junto con Samaki Salmon, que era el director, y Pete Pearson. Banks utilizó siempre, en preferencia a cualquier otro, un express del calibre .577 Nitro, que manejaba como si fuese un arma ligera después de tantos años de uso, junto con un pequeño .256 Mannlicher para conseguir carne. El total de los elefantes cobrados por Banks a lo largo de su vida, entre el Enclave de Lado, el Congo Belga y Uganda se calcula, aproximadamente, en unos tres mil ejemplares, sin haber sufrido nunca un accidente.

Deaf Banks era persona de gran humor y un amigo suyo, que le visitaba normalmente durante las vacaciones de este en Londres, contaba que una tarde Banks le dijo, cuando tenía 60 años, que temía se estaba haciendo viejo, pues ya no podía tomarse más de trece whiskies cada tarde sin notar los elefactos…

GEORGE RUSHBY
George Rushby en los años 30.

Nació en Nottingham, Inglaterra, el 28 de febrero de 1900, falleciendo el 28 de abril de 1969 en Simonstown, África del Sur, cerca del Cabo de Buena Esperanza.

Tuve el gran honor de conocer a George Rushby en Arusha, cuando la actual Tanzania aún se llamaba Tanganyika, en 1958, marcando esto el principio de una amistad que perduró hasta el día de su muerte. Personalmente le estuve, le estoy, muy agradecido por la gran ayuda que siempre me prestó, junto con John Hunter, dándome consejos prácticos sobre la caza de los elefantes, que valían cien veces más que la lectura teórica de mil libros sobre el tema.

A los 21 años llegó a África del Sur en busca de nuevos horizontes dominado por su gran pasión por la caza. Después de pasarlo bastante mal en África del Sur, teniendo que dormir en la playa y comer lo mínimo para sobrevivir, pudo marchar más tarde a Mozambique, partiendo de la entonces capital Lorenzo Marqués a Beira, donde pudo encontrar trabajo en la construcción del nuevo ferrocarril que uniría el Protectorado Británico de Nyasaland (presente Malawi), con el océano Índico a través del puerto de Beira. Este trabajo no era lo que él deseaba, pero, afortunadamente, conoció a dos personas que se dedicaban a la caza para suministrar carne para alimentar a los numerosos trabajadores del ferrocarril, superando la demanda a la oferta, quienes le informaron que esto era un gran negocio. Rápidamente el joven George adquirió un viejo .303 Lee Enfield y sus municiones, dedicándose de lleno a esta actividad, sin previa experiencia, que le proporcionó buenos beneficios. Al terminar la construcción del ferrocarril consiguió otro contrato con la Compañía Azucarera de Senna, que necesitaba grandes cantidades de carne para alimentar a los miles de empleados nativos que trabajaban en el cultivo de las cañas de azúcar. En esta parte del bajo Zambeze había incontables rebaños de animales salvajes, sobre todo búfalos.

Con la notable mejora de su situación económica George cambió también su equipo de armas, abandonando el .303 Lee Enfield por un 9,3×62 Mauser y un Express del .470 Nitro, y eso que tan sólo tenía 22 años de edad.

Tiempo después pudo cobrar su primer elefante a orillas del río Zambeze con su express .470 Nitro, lo que marcó desde ese momento la dedicación exclusiva a la persecución de estos animales. De Mozambique se fue al Nyasaland británico, donde, a la vista de los destrozos que estaban causando los elefantes en la agricultura, le dieron un permiso ilimitado en el distrito de Karonga; pero después de cobrar veinte de estos animales abandonó su caza a la vista de lo pequeños que eran los colmillos, por tanto, poco rentables, marchándose a Tanganyika a ver que tal se le daba la cosa allí, pero como la licencia general sólo concedía permiso para tres elefantes en todo el país, decidió irse al Congo Belga. Los desplazamientos en aquellos tiempos eran largos y lentos, por lo que Rusgby decidió tomar la ruta de Rhodesia del Norte hasta Mporokoso, continuando desde allí a Chiengi a orillas del Lago Moero, para llegar finalmente a Pweto, ya en territorio belga. La reglamentación vigente entonces autorizaba a cuatro elefantes en cada distrito administrativo, por lo que Rushby se encontró con un magnífico campo de operaciones, moviéndose de una zona a otra cazando elefantes y vendiendo el marfil a los comerciantes locales. Al llegar a Basongo tuvo un serio problema, pues apareció con veinte colmillos de elefante, en lugar de los ocho reglamentados por distrito, con el resultado de que le confiscaron el marfil y las armas, perdiéndolo todo sin remisión. Ante semejante panorama no tuvo más remedio que marchar a Leopoldville, que era entonces la capital del Congo Belga, con la idea de pasar al Enclave de Cabinda, perteneciente a Angola, pero situado como una cuña dentro del territorio del Congo Francés y donde había muchos elefantes forestales, pero por mucho que lo intentó no pudo conseguir las correspondientes autorizaciones, por lo que decidió volver a Inglaterra para ver a su familia y descansar un poco, continuando luego a Tanganyika para unirse a su amigo Lumg para buscar oro en el río Lupa, donde se habían descubierto grandes yacimientos.
George Rushby con marfil del Congo Belga.

Estando en esta posición de buscador de oro recibió la noticia de que el gobierno, a la vista de los destrozos realizados por los elefantes en la agricultura y bosques, habían decidido concederle a un número determinado de cazadores unos permisos, llamados Governor’s Licences, en los que se autorizaban abatir 25 elefantes, gratuitos y sin tasa por pieza cobrada, pero con la obligación de que el gobierno se quedara con el 50% del marfil conseguido. Rápidamente Rushby hizo la correspondiente solicitud y, tan pronto como le llegó la autorización, en septiembre de 1923, organizó la primera expedición por la zona del río Kilombero, consiguiendo los 25 elefantes machos en tan sólo algo más de un mes. Esta cacería la realizó con un rifle de repetición sistema Mauser del calibre .318 Westley Richards que le prestó un antiguo oficial del ejército indio, el coronel Masters, para ayudar al joven Rushby que había perdido sus armas en el Congo Belga y aún no había tenido tiempo de reponerlas. Una vez vendido el marfil de esta primera expedición se encontró con la agradable sorpresa de que le concedieron un segundo permiso para otros 25 elefantes, a los que añadió los tres de la licencia general de caza anual, teniendo un total de 28 elefantes a su disposición, que también fueron cazados rápidamente.

Entonces el gobierno decidió terminar con estos permisos especiales, por lo que Rushby decidió irse a cierto lugar remoto y muy poco conocido donde estaba situado el lago Mweru, a caballo entre dos países, la orilla occidental perteneciente al Congo Belga y la oriental a Rhodesia del Norte. La idea de Rushby era furtivear elefantes en Rodesia del Norte operando desde el Congo Belga, donde los controles eran mínimos, una zona muy raramente visitada por las autoridades rhodesianas y con escasa población local, pero con una gran cantidad de elefantes con una media del peso de los colmillos muy elevada.

Una vez establecidos en la zona y con el correspondiente permiso para cuatro elefantes, se puso en contacto con las personas que compraban todo el marfil, legal o ilegal, dos socios que no hacían preguntas, uno hindú y el otro árabe, quienes con gran entusiasmo le dijeron a Rushby que no se preocupara, que ellos se encargarían de todo sin que nadie se enterara, pagándole al contado. En esta ocasión Rushby ya vino debidamente armado, con un rifle del .577 Nitro y el .318 Westley Richards que terminó por comprarle al coronel Masters.

En aquella zona perdida del mundo los elefantes no habían escuchado nunca un disparo ni se habían visto perseguidos, por lo que su aproximación resultaba fácil. El primer día de caza de Rushby cobró 18 elefantes cuyo marfil le proporcionó unas dos mil libras esterlinas. En esta ocasión fue la que cazó más elefantes en un solo día, seguidos por otra con diez y, en dos ocasiones más, nueve ejemplares.

Todo continuó inmejorablemente para Rushby hasta que, por fin, las autoridades británicas se enteraron de sus actividades, pero no de su persona, pidiendo la colaboración a las autoridades belgas para su detención, pero el administrador del puesto de Molira le advirtió del peligro, aconsejándole que se fuera y se calmaran los ánimos, cosa que Rushby hizo rápidamente, y más contando con el beneficio neto de cinco mil libras esterlinas que había conseguido durante los siete meses que furtiveó en la orilla británica del lago Mweru. Finalmente decidió marcharse a Albertville (actualmente Kalemie) en el Congo Belga a orillas del lago Tanganyika, encontrándose allí con dos viejos amigos también cazadores de marfil. Con uno de ellos y la ayuda del dueño del hotel, llamado Spiros, previo pago de sesenta libras esterlinas, consiguió un permiso del administrador territorial para cazar un número ilimitado de elefantes en la demarcación. Como de costumbre la cosa se le dio muy bien, consiguiendo muchos elefantes entre 50 y 70 libras cada uno (22,5 y 37,5 kilos), además de un enorme monopunta de 165 libras (74,8 kilos), que fue el mayor conseguido en su vida.

Después de acabar aquella temporada de caza decidió irse a Dar es Salaam, en Tanganyika, para tomarse unas vacaciones y hacer un poco de vida social, calculando haber ganado unas cuatro mil libras esterlinas durante esta última cacería en el Congo Belga. Más tarde se enteró de que en el Ubangui-Chari, actual República Centroafricana, el gobierno aún permitía la caza comercial de los elefantes de forma ilimitada, por lo que decidió ir allí, para lo cual tuvo que realizar un larguísimo viaje a través del Congo Belga para llegar a Conquilhatville a orillas del río Congo y tomar el barco fluvial que hacía el servicio de carga y pasaje entre Brazzaville, capital del Congo Medio, y Bangui, capital del Ubangui-Chari, llegando el 20 de noviembre de 1926, y donde consiguió la licencia comercial para cazar los elefantes en todo el territorio de la colonia, a un coste equivalente de 90 libras esterlinas. Después partió hacia el este del país, en los confines con el Sudán Angloegipcio y el Congo Belga, en el llamado ‘Triángulo perdido’ enclavado en el Alto M’Bomú, donde había otros cazadores de elefantes operando, entre ellos el famoso James Sutherland, a quien Rushby tenía gran interés en conocer después de haber leído el libro escrito por éste titulado The Adventures of an Elephant Hunter, publicado en 1912 en Inglaterra.
El autor del artículo, el mítico cazador profesional Tony Sánchez-Ariño, gracias a Rushby conoció muchas cosas sobre Sutherland que luego utilizó en su libro ‘Cazadores de Elefantes, Hombres de Leyenda’.

De esta forma, Rushby pasó los siguientes tres años cazando en el Ubangui-Chari, además de hacer alguna incursión furtiva en el Congo Belga que lo tenía a mano, tan sólo con cruzar el río M’Bomú. Conoció a James Sutherland, con quien trabó una buena amistad, y gracias a Rushby pude conocer muchas cosas sobre Sutherland que luego utilicé en mi libro Cazadores de Elefantes, Hombres de Leyenda.

En 1929 decidió tomarse unas vacaciones, contando con que había ahorrado nada menos que quince mil libras esterlinas en aquellos tres años. Sin que él lo pensara sus días de buscador de marfil se habían terminado, poniendo punto y final a los nueve años que pasó siguiendo la senda de los elefantes. Después de cierto tiempo en Inglaterra decidió volver a África del Sur, donde llegó a la Ciudad del Cabo el 16 de Junio de 1930, donde conoció a Eleonor Dumbar Leslie, casándose con ella a las 48 horas de conocerla, resultando un feliz matrimonio hasta la muerte de George Rushby, y teniendo cuatro hijos. Se fueron a Tanganyika en 1931 para cultivar café, pero se arruinó, y tras hacer múltiples trabajos para sacar a su familia adelante, aceptó un trabajo en el Departamento de Caza, encargado de eliminar elefantes nocivos para la agricultura y protección de vidas humanas, donde cobró unos 1.400 ejemplares, más los 400 que cazó anteriormente por el marfil, hicieron un total de 1.800.

Su batería predilecta cuando cazaba marfil fue el .318 Westley Richards de repetición, sistema Mauser, y el express .577 Nitro. Precisamente influenciado por Rushby, que siempre me decía que un cazador profesional de elefantes no estaba debidamente armado sin un .577 Nitro, es por lo que yo compré uno también, pero después de cobrar 124 elefantes machos con él comprobé que no mataba mejor que mi .416 Rigby y el express .500/.465 Nitro si la bala ‘iba a su sitio’, por lo que al final me deshice de él. Durante los tiempos del control de los elefantes también utilizó el .375 Magnum y el .416 Rigby, con excelentes resultados según me dijo.

Finalmente terminó como Deputy Game Warden of Tanganyika, retirándose en 1956 del servicio activo. Además de ser un gran cazador de elefantes se hizo famoso al terminar con una familia de leones devoradores de hombres que, entre 1932 y 1946, se calcula que mataron y se comieron unas 1.500 personas en el distrito de Njombe en el sur de Tanganyika.

En 1960 decidió volver a África del Sur, después de tantos años rodando por África Central y Oriental, estableciéndose en Simonstown, en el extremo meridional del país, a corta distancia del Cabo de Buena Esperanza. En marzo en 1969 le hice una visita en su casa, cuando había sufrido un ataque y casi no podía hablar, falleciendo un mes más tarde según la carta que me envió su esposa Eleonor comunicándome la mala noticia, la cual conservo con gran afecto como el último eslabón con mi querido y admirado amigo George Rushby.

John Hunter con su mejor elefante (de Kenia), de 160 y 150 libras:
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John A. Hunter en 1930:
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John A. Hunter y Roy Home con dos parejas de colmillos que superan las 130 libras cada uno, cazados en los años 30:
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Los nativos con los colmillos conseguidos por Deaf Banks en el Enclave de Lado, en 1905:
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Otra exitosa cacería en el Congo Belga realizada por Banks, en 1912, donde abatió numerosos elefantes en el Enclave de Lado:
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George Rushby en los años 30:
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George Rushby con marfil del Congo Belga:
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Tony Sánchez-Ariño, gracias a Rushby conoció muchas cosas sobre Sutherland que utilizó en su libro Cazadores de Elefantes:
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Ramse

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Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Empty
MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeDom 02 Sep 2018, 15:19

Quinta y ultima parte.

Título de Antonio Sánchez Ariño como socio de honor de la Asociación Oficial de Caza de la Guinea Continental Española.

Llegamos al final de esta tan magnífica como impresionante historia de la caza. Y no podía finalizar de otra forma que con el último de los trece grandes cazadores de los mil elefantes, el propio Tony Sánchez Ariño, que forma parte de esta historia… y de la historia de la caza.

Finalmente me toca a mí mismo dentro de esta ‘cofradía de los mil elefantes’, aunque de forma mucho más modesta que mis predecesores, si bien, de los trece cazadores, yo fui el que permaneció más tiempo en ‘la senda de los elefantes’, setenta y dos años detrás de ellos por toda África, y los cacé en mayor o menor escala por veintitrés países diferentes africanos, cuando esta actividad aún era posible, siendo el único español que alcanzó esa cifra.
Un sueño de niño

Nací en la hermosa tierra de Valencia el 16 de febrero de 1930, lo que quiere decir que al escribir estas notas (2016) voy ya camino de los 87 años si Dios quiere, que espero sí quiera, pues la verdad no me disgustaría vivir muchos años más si me encuentro tan bien como ahora, con las energías suficientes para cazar otros cien elefantes más, ¡por lo menos…!

Vine al mundo en el seno de una familia de la mediana burguesía y mi padre fue uno de los cirujanos más famosos de su tiempo, por lo que mi infancia fue muy agradable y tranquila.

El problema fue que yo, sin el menor precedente en mi familia, desde muy pequeñito sólo soñaba con cacerías de elefantes, exploraciones y aventuras por África Central, lo que era una sorpresa para todos, especialmente para mi padre que siempre tuvo una especial aversión contra la caza, armas y demás, siendo persona dedicada en cuerpo y alma a su profesión de la forma más pacífica y activa, definiendo a los cazadores como “esos bárbaros”, con lo que le salió el tiro por la culata con su hijo mayor, que era yo. Pobrecillo…

Al contrario de otros cazadores que se fueron a África en busca de mejores horizontes para sus vidas, yo lo hice al revés, ya que abandoné una segura y cómoda existencia como médico para cambiarla por lo contrario, una existencia insegura e incómoda detrás de los elefantes soñados desde mi niñez y adolescencia, así por las buenas, con una experiencia previa reducida a la caza de unas liebres y unas perdices…

Por fin, un día me hice un autoexamen de conciencia para decidir qué sería mejor, si continuar con la Medicina, que no me atraía demasiado, pero que me proporcionaría una vida próspera y tranquila, o seguir mis teóricos sueños y deseos de ser cazador profesional de elefantes. La duda duró muy poco, pero antes, por puro sentido común, quise hacer una prueba a ver si ‘aquello’ era de verdad lo que yo quería, y a los 22 años de edad me fui a la antigua Guinea Española donde, de la mano de mi querido y desaparecido amigo Ramón Tatay, que fue un gran cazador, pude cobrar mi primer elefante a orillas del río Campo en su límite fronterizo con el sur de Camerún, que fue un magnífico ejemplar para aquella zona forestal con 50 libras cada colmillo (22,5 kilos), largos y preciosos.
Tony con una cantidad impresionante de colmillos. Sudán 1960.

Aquello fue la prueba de que ‘lo mío sí eran los elefantes’, acabando con la Medicina y la vida ‘muelle’ en España. Un tío mío, también médico, pues en mi familia mis tíos y primos todos se dedicaron a la medicina es sus diversas especializaciones, me prestó el dinero para comprarme un rifle del .416 Rigby y cien balas blindadas, pues mi padre me dijo que si quería ser cazador de marfil en África me lo tenía que ganar yo solo, sin ayudas cómodas para esto o para lo otro. Me complace decir que a los pocos meses le pude devolver el dinero a mi tío Tomás, que fue el que me ayudó ‘en la sombra’ para mi arranque inicial en la senda del marfil.
Un ‘todoterreno’

Volví a la Guinea Española, donde, en 1953, la caza aún estaba sin reglamentar y con una autorización del gobernador general se podían cazar elefantes de forma ilimitada, pagando por elefante muerto la cantidad de mil pesetas, seis euros al cambio de hoy, pero que entonces era bastante dinero. Como no disponía de muchos medios económicos los desplazamientos los realizaba mayoritariamente andando o en canoas por los ríos, lo que me permitía llegar a lugares muy alejados donde los elefantes estaban tranquilos y fuera del alcance normal de otros cazadores, pues el tener entonces un vehículo era un sueño imposible para mí. A principios de la década de los cincuenta yo era un ‘todoterreno’ físico, con 1,90 metros de estatura y fuerte como un búfalo, incansable y entusiasta a toda prueba, con la ventaja de que nunca en mi vida tomé una gota de alcohol ni fumé, lo que creo me ayudó bastante para estar siempre en forma.

Durante cierto tiempo estuve cazando por la Guinea Española, donde le vendía el marfil a un amigo que se dedicaba a esto y me pagaba 300 pesetas por kilo de marfil, lo que me resultaba rentable después de pagar los gastos, hasta el punto de que pude comprar un Jeep Willys excedente de la guerra, pero que aún funcionaba bastante bien, con el que me podía desplazar por el sur de Camerún y Gabón, pues ya entonces los franceses habían construido un buen sistema de carreteras que permitían, con pocas limitaciones, desplazarse por ‘casi’ todas partes.

En aquellos tiempos los elefantes eran una plaga en muchos lugares, por los grandes destrozos que realizaban en las plantaciones, con el desespero de sus propietarios que, por regla general, eran personas muy pobres, ordenando los gobiernos batidas contra ellos, a las que yo me presentaba siempre voluntario en cuanto me enteraba, lo que me permitió cobrar un elevado número de elefantes dentro de la selva ecuatorial.
Tony Sánchez Ariño ha cazado elefantes durante 72 años en 23 países africanos. En la imagen con varias parejas de colmillos en Kenia, 1970.

Mi primer elefante, el del ‘experimento’, lo cobré con un rifle express fabricado por Joseph Lang en Londres, del calibre .475 nº 2 Nitro, que me prestó un amigo residente en Guinea, y también gran cazador, junto con tres balas, diciéndome que a ver si le devolvía alguna, haciéndolo con dos, ¡pues lo cobré con un solo disparo! Años después le compré este rifle que aún conservo después de sesenta y pico años, y con el que luego cobré muchos elefantes sin el menor problema, por el resto de África.

El tiempo fue pasando y yo afianzándome en la actividad de cazador de elefantes, marchando por el África Occidental a ver que tal se daban las cosas por Sierra Leona, Costa de Marfil, etcétera, llegando en 1955 a Liberia, donde la caza del elefante era aún ilimitada pagando una licencia anual que valía 250 dólares, sin tener que abonar ninguna tasa por el marfil, cobrando un total de 31 elefantes machos. Que yo sepa las únicas personas que fueron a Liberia, con la única idea de cazar los referidos elefantes, fueron Karamojo Bell en 1911, donde cobró 27 ejemplares, y yo 44 años más tarde, sin que nos quedaran ganas a ninguno de los dos de volver allí a la vista de los pequeños colmillos que se conseguían, no valiendo el tiempo ni el esfuerzo requerido, pues las condiciones era muy duras en unas selvas ecuatoriales con lluvias continuas.

Después estuve cazando por el Camerún Meridional, donde entonces había muchos y buenos elefantes a unos precios ridículos. No recuerdo exactamente el coste de la licencia  allí durante la década de 1950, pero en 1965 ésta costaba 60 dólares, autorizando a cuatro elefantes, con una tasa de 16 dólares el primero, 24 dólares el segundo, 40 dólares el tercero y 80 el cuarto, sin pagar ningún derecho sobre el marfil conseguido, circunstancias que aproveché para sacar licencias a nombre de amigos que estaban de acuerdo, pudiendo de esta forma cobrar muchos elefantes, truco que también utilicé en el Gabón, Congo-Brazzaville, Ubangui-Chari o el Chad.

Lo que fue una ‘mina’ de marfil fue el Congo Belga, donde se podían cazar cuatro elefantes en cada distrito, pero si estos animales cometían destrozos en la agricultura o había peligro para las vidas humanas, entonces, a la discreción del administrador territorial principal, éste podía dar permisos para cazar elefantes de forma ilimitada hasta que la situación se volvía normal, circunstancias que aproveché hasta la última gota, bajo la condición de que el 50% del marfil conseguido era para el gobierno.
¡20 elefantes en 75 minutos!
Con tres colmillos, una pareja y un ‘monopunta’, de más de 100 libras cada uno.

Yo tuve una ventaja sobre los otros cazadores de elefantes que me precedieron, ya que, al hablar seis idiomas, nunca tuve problemas para entenderme con todo el mundo donde quiera que fuera, lo que para otros sí lo era por culpa de la barrera formada por los referidos idiomas, que hizo que muchos de ellos no se movieran del país que hablaban su lengua, principalmente los ingleses, con la excepción de George Rushby que se manejaba bien en portugués y francés, aparte de su lengua materna, el inglés. Entre los elefantes cazados con mis licencias, los cobrados en operaciones de control para reducir su número en determinados lugares por cuenta de los diferentes departamentos de caza, y los que tuve que doblar forzosamente durante los safaris, para evitar que se escaparan heridos, hacen que la suma total de elefantes a mi crédito, en el momento de escribir estas notas en el año 2016, sea de 1.317, pues siempre llevé una contabilidad de lo que iba cazando. Incluidos en esa cifra hay tres elefantes hembras que no hubo más remedio que matar, pues me atacaron de la forma más agresiva sin provocación, no dándome oportunidad a escapar, quedando la cosa al límite entre ellas y yo, por lo que no tuve duda en lo que debía hacer… ¡disparar apuntando lo mejor posible!

Numéricamente mi récord personal fue cobrar ¡20 en 75 minutos!, con varias veces más entre ocho y 12 ejemplares, cosa que hoy día suena a fantasía, pero que en aquellos lejanos días no era excepcional o, mejor dicho, ‘semi’ excepcional…

Siempre tuve una gran afición por las armas, sobre todo los rifles de gran calibre, que con el tiempo pude ir experimentando contra los elefantes, quedando como mis favoritos, en sistema de repetición Mauser, el .416 Rigby y el .500 Jeffery, y en armas de dos cañones o express el .500/.465 Nitro Holland & Holland Royal y el .475 nº 2 Nitro Joseph Lang Best Quality, ambos con expulsores automáticos, como deben de ser de la forma más ineludible para poder recargar rápidamente en una emergencia.
Sánchez Ariño en Sudán con cuatro colmillos de más de 100 libras.

Entre los trofeos conseguí 43 elefantes con colmillos superando las cien libras (45 kilos), con mi mejor ejemplar una pareja de colmillos con 132 y 129 libras (59,8 y 58,4 kilos), seguidos por otra de 127 y 123 libras (57,5 y 55,7 kilos), además de un monopunta de 131 libras (59,3 kilos). De forma ‘extraoficial’ otra enorme pareja de 150 libras cada colmillo (68 kilos), que se me escapó el elefante herido dentro de los pantanos del Nilo al cual no hubo forma de alcanzar por mucho que lo intenté, pues aquella masa de agua, barro, hierbas y papiros estaban de parte del elefantes y muy en contra del cazador. Poco tiempo después apareció muerto en la orilla del pantano, ya en tierra firme, siendo confiscado por el Gobierno como ‘marfil encontrado’, a pesar de las pruebas que presenté de que era ‘mi’ elefante, pero se hicieron los locos, supongo que con la idea de venderlos por un buen montón de dinero, y a quienes les dediqué unas ‘amplias letanías’ sobre sus desconocidos padres, deshonestas madres y un largo etcétera… pero con eso me quedé.
Unas cifras impresionantes

Al contrario que otros cazadores de elefantes escribí bastantes libros para dejar un testimonio a las nuevas generaciones de cazadores, deportivos y profesionales, para que sepan lo que hubo, ya no hay, y desgraciadamente nunca más habrá, como el título de una famosa película, Lo que el viento se llevó. Hasta este momento tengo publicados  diez libros en español  y nueve originales en inglés que nunca se han traducido al castellano, más uno en francés y otro en alemán.

La mayoría de mis libros en español han sido también traducidos al inglés, esperando que dentro de cien años les hagan pasar algún rato agradable a los cazadores de entonces que, mucho me temo, estarán reducidos a ‘la caza’ del escarabajo pelotero… ¡con suerte!

Además de cazar los referidos 1.317 elefantes, también cobré una gran cantidad de los llamados ‘Cinco Grandes’, como fueron 2.093 búfalos, 340 leones, 167 leopardos y 127 rinocerontes negros, muchos de ellos en operaciones de control y protección de vidas y haciendas, pues sesenta y dos larguísimos años bajo el sol africano cundieron para mucho. Gracias a Dios todo fue muy bien y nunca sufrí el menor accidente, ni un solo rasguño, y eso que no faltaron ocasiones para eso y más, pero se ve que la Divina Providencia nunca se cansó de protegerme… afortunadamente.

Luego de abandonar ‘la senda del marfil’, pues ya no existía la menor posibilidad por mucho que me moví por toda África sin parar –que ahora sólo de pensar lo que hice me siento ‘agotado’ psíquicamente–, me centré en los safaris, para cazar principalmente los cinco grandes, pues nunca tuve el menor interés en el resto de la caza, excepto algún trofeo raro como el bongo, sitatunga y eland de Derby, considerando el resto como ‘ratas piñoneras propias para niños’, con perdón sea dicho.
El autor ha sido el único miembro español de la historia de la Asociación de Cazadores Profesionales de África Oriental. En la imagen con las parejas de colmillos conseguidos en Tanzania en 1974.

Tuve el gran honor de ser el único español de la historia miembro de la elitista Asociación de Cazadores Profesionales de África Oriental, y después miembro fundador vitalicio de la Asociación de Cazadores Profesionales Africanos. También miembro fundador y vitalicio de la Asociación Internacional de Cazadores Profesionales y miembro fundador de las asociaciones de cazadores profesionales del Sudán y Zambia, así como miembro de honor de la Asociación de Cazadores Profesionales Francófonos.

En 1959, cuando tenía 29 años de edad, fui nombrado socio de honor de la Asociación Oficial de Caza de la Guinea Continental Española por los méritos como excepcional cazador de elefantes, como figura en el diploma correspondiente.

Me casé a los 34 años con Isabel de Quintanilla que, como siempre dije, fue el mejor ‘trofeo’ que conseguí en mi vida, teniendo tres hijos altos y fuertes como robles, Antonio, Jorge y Carlos, a los que, gracias a Dios, no les interesa lo más mínimo la caza, pues la situación cinegética actual en África no tiene nada que ver con aquella de mis viejos tiempos, sin ningún presente desde el punto de vista profesional y con un futuro tenebroso, por llamar las cosas por su nombre…

Lamentablemente para ellos, la mayoría de los profesionales que intenten cazar hoy elefantes la única forma de conseguir alguna experiencia es disparar ‘al alimón’ junto con el cliente, si éste lo permite, lo que no da para mucho, realmente. Ya no pueden conseguir licencia para cazar elefantes si no pagan además el safari, lo que es una fortuna, y tampoco pueden formar parte de las batidas de antaño, quedando las que se puedan realizar en manos de los oficiales de los diferentes departamentos de caza.

Para empeorar las cosas hay un imparable furtivismo que está arrasando hasta el último elefante por toda África, debidamente organizado por las mafias asiáticas y la ‘cooperación’ de la mayoría de las autoridades africanas con una gran codicia y una falta absoluta de responsabilidad y sentido común…
Una raza extinguida

No se pueden medir las cosas de ayer con los parámetros de hoy, no sería justo ni lógico, pero, por si algún ignorante sectario pudiera leer estas notas poniendo el grito en el cielo, le aconsejo que tome buena nota de lo siguiente:

Poniendo juntos todos los años que ‘los trece cazadores de los mil elefantes’ dedicaron a esta actividad nos da, aproximadamente, unos 390 años, cobrándose un total de unos 22.300 elefantes. Actualmente, según los datos oficiales, el número de elefantes muertos por los furtivos ¡anualmente! varía entre 16.000 y 20.000, lo que quiere decir que en menos de veinte años no quedará un elefante en África de seguir las cosas así, lo que no parece tener solución desgraciadamente, pues el mundo occidental, con su egoísmo y desconocimiento, no parece que esté muy interesado en complicarse la vida por unos ‘malditos elefantes’…

Los viejos cazadores de elefantes, hoy una raza extinguida, se ganaron la vida arriesgándola día a día rodeados de múltiples peligros, aparte de la caza en sí, donde perdieron la vida muchos de ellos en medio de la nada, sin contar las múltiples enfermedades tropicales a cada cual peor, con la malaria siempre presente. Todo aquello se acabó de la forma más absoluta y sin retorno, siendo ya un lejano y nebuloso recuerdo los días en que los cazadores de elefantes éramos los Señores de la Maleza, siempre bien recibidos por las poblaciones nativas a las que les liberábamos de los elefantes saqueadores de sus modestas plantaciones, además de proporcionarles miles de kilos de carne de los animales abatidos y de las ayudas médicas de las que siempre estaban necesitados, circunstancias que personalmente me abrieron muchas puertas en lugares muy alejados donde el dinero no tenía utilidad en aquellas soledades donde no había nada que vender o comprar.

De ‘los trece cazadores de los mil elefantes’, sólo quedo yo vivo en el atardecer de mi existencia, recordando una vez más lo afortunado que fui al ser miembro de aquella ‘cofradía’ tan exclusiva y el haber conocido a cinco de ellos que me dieron su amistad y consejos cuando yo era un jovencito español lleno de sueños y fantasías que, con ¡mucho esfuerzo y sacrificio pude hacerlos realidad…!

Título de Antonio Sánchez Ariño como socio de honor de la Asociación Oficial de Caza de la Guinea Continental Española:
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Tony con una cantidad impresionante de colmillos. Sudán 1960:
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Tony Sánchez Ariño ha cazado elefantes durante 72 años en 23 países africanos. En la imagen parejas de colmillos en Kenia, 1970:
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Con tres colmillos, una pareja y un ‘monopunta’, de más de 100 libras cada uno:
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Sánchez Ariño en Sudán con cuatro colmillos de más de 100 libras:
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En la imagen con las parejas de colmillos conseguidos en Tanzania en 1974:
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Tony Sánchez Ariño:
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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeLun 03 Sep 2018, 02:26

Esplendido hilo. ¡Grande Ariño!
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Roedeerer
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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeLun 03 Sep 2018, 10:41

Magnífico resumen. Gracias Ramse.

No me ha quedado claro al principio: ¿has hecho tú un resumen de los escritos de Tony? o ¿has logrado que él nos escriba este resumen?

Creo que tengo todos sus libros en español (12 en la actualidad, según mis cuentas) y este año tuve la satisfacción de llevarle a Venatoria la primera edición de Marfil, del año 74, con el que inicié mi colección de libros de caza, para que me lo dedicase junto con la nueva, actualizada y corregida, de 2018.

Impresiona su amabilidad y esfuerzo para atender a todos.
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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeLun 03 Sep 2018, 11:30

Gracias Ramse por compartirlo. Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño 4061443811 Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño 4061443811 Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño 4061443811

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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeLun 03 Sep 2018, 12:00

Sanchez Ariño escribió:
Por más que investigué en los tiempos de la referida pólvora negra, no pude encontrar ni tener constancia de ningún cazador que cobrara ‘los mil’, siendo el más destacado Petrus Jacobs, un boer, en África del Sur, que entre 1820 y 1873 cazó entre 400 y 500 elefantes, lo que representa una cantidad enorme si tenemos en consideración las armas que utilizó, de avancarga con pólvora negra y proyectiles de plomo de forma redonda

William Finaughty (1843-1917) entre 1871 y 1875 (5 años).... 500 elefantes.

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Sus territorios de caza:

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Henry Hartley (1815-1876).... 1.200 elefantes en 30 años de carrera. Aunque si hacemos caso a la biografía que sobre él escribió un tal A. J. Chaplin, los 1.200 fueron cazados en un solo año. Un año notable, diría yo.

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Añadir que no tuvieron necesariamente que ser armas mono-disparo de avancarga. El calibre 8 de retrocarga así como el 577 BPE ya estaban en uso en la década de los 70 del siglo XIX, y con un cañón al lado del otro.

Un 577 BPE

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Un 8 bore

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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeLun 03 Sep 2018, 22:21

Impresionante Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño 4025639811

Muchas gracias por colgarlo, me lo he tragado en una sentada.

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José I. Ibáñez


Violad a sus caballos y escapad sobre sus mujeres, eso les confundirá  [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]


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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeDom 07 Oct 2018, 17:29

Impresionante la cantidad de datos que se aportan,,debo de estar ciego.No veo a Pondoro Taylor
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Pizarro
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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeLun 08 Oct 2018, 18:06

y a mí que se me había pasado este hilo... Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño 336348485 Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño 336348485 Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño 336348485

pero me queda una duda, ¿quién es el tal Luis?

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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeLun 08 Oct 2018, 18:09

Ramse escribió:


Tony, Luis y Eric Rungren:
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C.G.LL.
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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeMiér 17 Oct 2018, 18:07

Muchas gracias Ramse, impresionante tu trabajo .

Es increible la memoria que tiene , tuve el honor de conocerle hace seis años de la mano de Saul Braceras y contestaba todas las preguntas con una gran claridad mental.

Dios le guarde muchos años . Se lo merece.
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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeMiér 17 Oct 2018, 22:46

cooper escribió:
Muchas gracias Ramse, impresionante tu trabajo .

Es increible la memoria que tiene , tuve el honor de conocerle hace seis años de la mano de Saul Braceras y contestaba todas las preguntas con una gran claridad mental.

Dios le guarde muchos años . Se lo merece.


Impresionante trabajo Ramse. No había visto este hilo. Es extraordinario. Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño 3938094336

Tuve la ocasión de conocer a Tony en la pasada fería de caza en Madrid (Cinegética) donde me dedicó uno de sus libros y el enorme placer de poder charlar con él durante un buen rato.

Es increíble como se conserva con los kms que lleva a sus espaldas y por supuesto todas sus capacidades mentales al 100 %.

¡Grande Tony!



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podenco

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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitimeVie 19 Oct 2018, 09:57

Fantástico hilo. Muchas gracias, Ramse.
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MensajeTema: Re: Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño   Los trece cazadores de los mil elefantes por Tony Sánchez Ariño Icon_minitime

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